Luis Marín / ERIC, EL BLANCO


1/12/13


La Cátedra Pío Tamayo/Centro de Estudios de Historia Actual de la Universidad Central de Venezuela dedico su sesión del lunes 25 de noviembre a realizar un sentido homenaje a Eric Ekvall, un venezolano por vocación que seguramente sin proponérselo entró a formar parte de nuestra convulsionada historia contemporánea.

El día que me tocaba conocerlo personalmente, no fui a la cita. Enredado en el diabólico tráfico caraqueño, se me impuso el dilema de llegar tarde a clases en la Universidad, por lo que desistí de verlo y luego no hubo segunda oportunidad.

Pero hoy aprovecho esa infeliz circunstancia para intentar verlo a la distancia, para determinar qué es lo esencial de su presencia. Los promotores de mi fallida entrevista me lo dijeron con muy pocas palabras: “Este señor elevó el tema del fraude electoral a dónde nosotros no hemos podido en años y lo puso en la agenda política del día”.

Nosotros somos fáciles de ignorar; pero él no. ¿Por qué? Porque tenía acceso a la casta política, después de treinta años de asesorar con éxito campañas electorales, desde Jaime Lusinchi en 1982 pasando por Manuel Rosales en el 2006, quien ganó y cobró. De manera que sabía con quienes y de qué estaba hablando.

En Venezuela, donde tradicionalmente ha imperado un régimen de castas, no importa tanto lo que se dice sino quien lo dice. Eric Ekvall forzó a la dirigencia opositora oficial a oír algo de lo que los denunciantes del fraude tenían que decir, con abrumadores elementos técnicos e investigación empírica; sólo para tropezar con un muro de silencio, con unos demócratas que sólo se escuchan a sí mismos, como suele ocurrirles a los demócratas.

Entonces se dio cuenta de que la dirigencia opositora oficial no ignora nada de lo que ocurría, sino al contrario: estaba perfectamente al tanto y conteste con el sistema fraudulento que se había instalado en Venezuela desde el 2004. Las respuestas de los dirigentes es siempre la misma: “Esos son unos técnicos y académicos locos que no saben nada de política”.

Aquí aparece por primera vez la “disonancia cognitiva”, ese contraste entre lo que se ve, se siente y lo que le dicen a uno. Cuando buscó y no encontró a nadie que pudiera y quisiera tomar la voz cantante de la denuncia, decidió hacerla él mismo, sacrificando su carrera de asesor tras bastidores para llevar su dossier por todo el mundo.

La casta política conviene en no permitir que ningún extraño transite los pasillos del poder porque lo que ve puede repugnarle y lo peor es que decida encender la luz, haciendo buena aquella máxima bíblica: “Lo que haces en la oscuridad, será pregonado en la plaza pública”. Así, rompió la ley del silencio: dice quienes son, dónde están, lo que hacen, lo que dicen, pero mejor, lo que pactan. Lo que afuera sólo puede sospecharse, lo revela con conocimiento de causa: la puerta trasera de Miraflores, los pagos secretos, los acuerdos tácitos. Que sí sabían lo que oyeron sin escuchar.

DRAMATIS PERSONAE

Teodoro Petkoff es un hombre de izquierda obsesionado por la derecha. Cada vez que en una reunión se menciona el tema del fraude, truena: “Eso viene de la derecha, de SUMATE, y no es creíble”. Pone todo el peso de su autoridad e influencia contra el más mínimo reparo a los manejos fraudulentos del CNE. Su representante personal en el Directorio, Vicente Díaz, declara contra toda lógica que el fraude “es imposible”.

Para hablar de fraude “hay que tener pruebas”, como si fuera poco que luego del fraude del revocatorio de 2004, en las elecciones parlamentarias de 2005 desaparecieron las colas de los centros de votación y se abstuvo conservadoramente el 80% del electorado. Pero la casta política prefirió descalificar esa gesta cívica como “un gran error”.

Luis Vicente León, que decía que Chávez era un titán, que de solo oírlo se le caían las medias, recomienda a la oposición no atacarlo en absoluto. Cualquier ataque a Chávez sería “un desastre”. Evidentemente no tiene ninguna autoridad moral ni política para llamarse de oposición.

A Omar Barboza le dice: “Tú formas parte del problema; estás metido en el fraude”. El fraude electoral no sería posible sin otro componente, el fraude político de una oposición que avala, encubre e incluso sale a celebrar lo bien que perdieron.  

También hay otros asesores, menos expuestos públicamente, pero que él conoce de los pasillos, como Roberto Picón, a quien le dedica una carta memorable, que acompaña con las evidencias de intimidación y chantaje contra el doctor Alberto Zambrano. Juan Mijares, la Comisión Técnica de la MUD: Mario Torre, Enrique Márquez, Vicente Bello, y al que llama “el truhán mayor de la pandilla”, Félix Arroyo.

En un extremo, Instituciones como el Instituto de Investigaciones Sociales de la UCAB, Ojo Electoral, luego, Observatorio Electoral Venezolano. Por el otro extremo el inefable grupo La Colina, en la Universidad Metropolitana. La Asamblea de Educación trocada en autoridad electoral, algo totalmente ajeno a su objeto social, salvo su adscripción política e ideológica.

En este punto es donde las teorías conspirativistas encuentran su átomo de plausibilidad. Ciertamente, la sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas, como sí, por ejemplo, la astucia. Pero hay una línea que separa las triquiñuelas comprensibles de los políticos de los francos delitos; las mentiras blancas, que dice Petkoff, del engaño planificado; la venta de ilusiones y promesas incumplidas del fraude sistemático; lo que puede ser aceptable de lo completamente inaceptable.

Es imposible que alguien se asocie con organizaciones criminales sin convertirse él mismo en criminal. Esta es la magia de la guerrilla y el narcotráfico: que quienes los combaten se pueden involucrar a tal punto en sus actividades que terminan como ellos, mezclados en el mismo saco. Así les pasó a los militares antisubversivos venezolanos, que ahora son subversivos; los políticos opositores, ahora oficialistas, socialistas y bolivarianos.

Pero está demostrado que ninguna sociedad se compone sólo de corruptos y traidores, por muy extendido que esté el mal, siempre aparece algún hombre virtuoso, un grupo de justos gracias a los cuales revive la esperanza y Dios no destruye a la humanidad.

JUICIO FINAL

Algunos comentaristas no dudan en calificar la salida de Eric Ekvall de Venezuela como una huída. A raíz de la detención de su amigo coterráneo Timothy Tracy y conocerse el horror de su paso por las cárceles venezolanas, largamente de las peores del mundo, Eric confeso lo que era su temor más acuciante: “Yo no puedo caer preso”.

En Venezuela, donde cualquier persona puede ser acusada por el gobierno de cualquier cosa y sin fórmula de juicio encerrada en prisión indefinidamente, este es un temor bien fundado. Sus amigos más cercanos le recomendaron que se fuera, porque nadie podía garantizarle nada.

Luego vino el acoso de la enfermedad, cáncer de páncreas con metástasis en el hígado. El periplo tuvo algo de fulminante: Miami, las Antillas, México, para terminar en el estado de Oregon al conocerse su fallecimiento, el jueves 21 de noviembre pasado.

Siempre que muere un hombre nos asalta la pregunta: ¿Cuánto se ha perdido con él? ¿Cuántas cosas se lleva que nunca sabremos?

La humanidad perdió mucho cuando abandonó la creencia en el Juicio Final, que nuestras acciones buenas y malas serían sopesadas por un Juez inexorable; perdió otro tanto cuando también dejó de temer al Juicio de la Historia.

La promesa de Milan Kundera a sus camaradas comunistas no es una broma, es una catástrofe moral: “La mayoría de la gente se engaña mediante una doble creencia errónea: cree en el eterno recuerdo (de la gente, de las cosas, de los actos, de las naciones) y en la posibilidad de reparación (de los actos, de los errores, de los pecados, de las injusticias). Ambas creencias son falsas. La realidad es precisamente lo contrario: todo será olvidado y nada será reparado. El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas”.

No tenemos evidencia de que Eric fuera budista, como sí se definía su hija, Eva; pero sí de que tenía ciertas inclinaciones místicas, algo de bohemio y mucho de espíritu libre. Un alma pura, con una ingenuidad casi infantil, completamente inapropiada para un analista y asesor político. Es este conflicto interior lo que lo vuelve tan singular y explica su giro prometeico al abandonar la casta a la que había servido para ponerse a favor de la gente inocente.

El budismo deja claro que son las acciones las que definen a los hombres: la mentira le vuelve mentiroso; el robo, ladrón; el homicidio, asesino. No es necesario que ningún juez condene, no se necesitan testigos, nadie puede escapar a su acción malvada y ésta lo perseguirá donde quiera que vaya, como un karma.

Eric decidió hacer lo correcto, consciente de que eso costaba el ostracismo y que lo convirtieran en otro no-existente, alguien que no se puede ni mencionar.

Desde entonces me gusta llamarlo Eric, el blanco; por oposición al otro, el rojo, que es su violenta contrafigura.

Un escandinavo errante que toco estas tierras por casualidad y se sembró entre nosotros para siempre.




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