Pablo Sánchez / APRENDIZAJES EN SOCIALISMO REAL


19/8/14

Si algo ha demostrado la historia es que la teoría marxista es inviable, ucrónica, irreal e insustentable. Sus principales premisas han sido derrumbadas. A pesar de todo esto, en pleno siglo XXI, existen partidos, organizaciones y gobiernos que pretenden imponer sistemas basados en dichos postulados.

Una teoría cuyo autor pretendía vender como “científica” quedó reducida a la nada, al status de una pseudociencia, incluso a menos: al nivel de una religión. Los más radicales creyentes del marxismo -y sus derivaciones-, cual fundamentalistas, no aceptan crítica alguna ni argumento contrario por más sustentado que esté; cosa que no debiera preocuparnos, puesto que cada quien es libre de creer en lo que quiera. La problemática se encuentra cuando estos fundamentalistas llegan al poder. Para mantenerse en la cúspide y lograr su cometido son capaces de cualquier cosa, desde gases lacrimógenos y encarcelamientos forzosos hasta campos de concentración -Gulag- y masacres -fusilamiento de Katyń-  como en la extinta Unión Soviética o campos de exterminio como los que hubo en Camboya. Sumándole, además, las devastadoras consecuencias de los experimentos económicos, como la hambruna soviética -holomodor- de 1932-1933 o la hambruna de los tres años amargos en China (1958-1961).

Este tipo de regímenes, que han existido y siguen existiendo, no llegan al poder por azar, son consecuencia de una población incauta que, seducida por dicha doctrina mesiánica, les respalda, posiblemente con la ilusión de alcanzar la tan cacareada igualdad. Ese fenómeno que, supuestamente, al llegar acabaría con los antagonismos de clase y, con ello, se lograría el libre desenvolvimiento de todos. Esto, repito, no es más que una falacia.

Los intelectuales seducidos por el marxismo, no son capaces de ver la realidad fáctica y se niegan a aceptar las consecuencias de esta teoría. Quizás, en su imaginario, la dictadura del proletariado es un acto emancipador y no la idealización del resentimiento y el revanchismo que realmente representa. Para ellos, la violencia por parte de un régimen de Izquierda es algo imposible, cuando esto ocurre, argumentan: “¿cómo puede ser de Izquierda un gobierno que es capaz de reprimir al pueblo humilde?”.

A tal ingenuidad no cabe más que preguntar: ¿qué gobierno podía esperarse, si se fundamenta en una teoría diseñada por un personaje que cree conocer las leyes de la historia? Esto no podía devenir en otra realidad mas que en la que la historia nos ha demostrado. ¿Ingenuidad? Quien ha pecado de ingenuo ha sido mi persona. ¡conveniencia! es realmente la palabra que podría designar la omisión de los intelectuales para con los regímenes de izquierda. Autócratas, asesinos, dictadores… ¡Eso es lo que crea el socialismo real! Personajes que se autoproclaman como los únicos capaces de conocer lo mejor para el pueblo y que, por lo tanto, deben dirigir la sociedad. Esto pasa por reeducarlos -al pueblo- para desembarazarlos de sus prejuicios pequeñoburgueses.

Sus consecuencias no se limitan a la aparición de regímenes totalitarios y desastres socioeconómicos, la mayor de las  consecuencias del marxismo se encuentra en la desvaloración del individuo y la degeneración social. Las malas prácticas que los apologistas del socialismo le adjudican a “la lógica del Capital”, como son el “rebusque desmedido”, el oportunismo, la corrupción y la envidia, son consecuencia de un Estado controlador e intervencionista, puesto que la pretensión de dirigir las interacciones humanas solo conlleva a la realización de las mismas por vías destructivas.

El socialismo no es el que nos intentan vender -valga la ironía-. Detrás de las teorías que idealizan un supuesto paraíso en la Tierra, se esconden hombres que creen conocer la verdad absoluta; quienes se consideran los únicos capaces de dirigir a los demás, fundamentando así a los regímenes opresores. El socialismo no solo es inviable, sino que, en busca de ese ideal inalcanzable, acaba con los pilares fundamentales de la civilización, creando aberraciones en la persona y, como consecuencia, en la sociedad.

Entonces, ¿aprendimos algo del socialismo real? ¡Claro que sí! Ningún sistema de ideas que se fundamente en una supuesta verdad única e irrefutable, o que pretenda poder determinar el fin de la historia, puede llevar a algo bueno, pues nadie puede ni debe imponerle su verdad a los demás. Y no son ni la lógica del capital ni las costumbres pequeñoburguesas las que nos mueven, son nuestras vivencias, nuestros deseos y aspiraciones individuales los que nos motivan. Solo la persona sabe cuál es su felicidad “suprema” y cómo alcanzarla, y para ello debe ser libre para lograrla mientras no dañe a otros.

No es la igualdad, sino la Libertad, el valor funcional que debe regir en la Venezuela Futura.



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