Luis Marín / TRIMESTRE DEL ESTUDIANTE


11/5/14



La semana del estudiante de 1928 se inscribió en el contexto del carnaval, tuvo mucho de fiesta condimentada con algo de sátira política y no poca ingenuidad; pero las tiranías militares no tienen sentido del humor, sino esa hosca seriedad cuartelaria tan propia de sujetos entrenados para herir y asesinar profesionalmente al prójimo, bajo la cobertura moral del cumplimiento del deber.

Así, los jóvenes irreverentes fueron a dar a La Rotunda y más tarde sus compañeros, en solidaridad generacional, al Castillo de Puerto Cabello. Esto dio un giro dramático a la historia y de esa hornada salieron los personajes más influyentes del siglo XX venezolano.

Esa no podía ser la intención del general Juan Vicente Gómez, ni de sus lugartenientes, ni siquiera de su ala luminosa de intelectuales que conjuraban el futuro pergeñando teorías justificadoras del despotismo militar bolivariano.

Pero por cierta ironía de la historia, fraguaron la espada que habría de ensartarlos, enhebraron la soga con la que serían ahorcados, cavaron la fosa donde iban a enterrarse ellos mismos, sin proponérselo.

La lucha de los estudiantes del siglo XXI es de mayor envergadura, más sangrienta y cruel que aquella: nadie se imaginaría siquiera que un esbirro de entonces le disparara a “Beatriz I” un certero balazo a la cabeza con un fusil Dragunov con mira telescópica, como a la mayoría de los 42 muertos de esta última jornada de apenas tres meses o que le metiera el caño del fusil por el culo a estudiantes prisioneros; sin embargo, no deja de mostrar algunos sorprendentes paralelismos.

Si no puede decirse que la razzia contra los campamentos juveniles en algunos puntos de Caracas sea la mayor jamás vista es porque el número de secuestrados coincide con los más de doscientos que Gómez mandó al Castillo Libertador de Puerto Cabello. Nótese que el Castillo se llama “Libertador”, de manera que no hay tampoco mayores innovaciones en la neolengua totalitaria.

Si es nueva la cobertura mediática. Gómez no hablaba tanto, lo que puede agradecérsele y hace que esto sea muchísimo peor: una insidiosa campaña de difamación, calumnias y descrédito agrava la tortura física y moral de las familias.

Los militares bolivarianos del siglo XXI superan largamente en maldad y sevicia a los del XX, como éstos superaron a los del XIX; por el lado de los estudiantes, como sus experiencias no pueden entenderse sino en términos de educación, la pregunta que asalta no puede ser más obvia: ¿Qué es lo que se está formando? ¿Qué tipo humano va a surgir de todo esto? ¿Cuál será esa, la sociedad real del futuro que está creándose hoy?

Los que ignoran la historia, suele decirse, están condenados a repetirla.

LA SONRISA DE LA HISTORIA

Venezuela ha tenido que pagar más de 250 mil vidas sólo para comprobar la falsedad de las teorías de Elio Gómez Grillo sobre la sociedad criminógena. Tal como se la ha querido interpretar, nadie es criminal en sí mismo, sino que es la sociedad quien criminaliza, quien elige que individuos y que actividades son criminales.

Es la sociedad el caldo de cultivo donde se genera el delito y el delincuente, con el sorprendente resultado de que se invierten los términos y el criminal ya no es victimario sino la victima de una sociedad que lo ha creado, presumiblemente, contra su voluntad.

Esta teoría tiene una fantástica expresión en el lenguaje socialista en la frase de Teodoro Petkoff según la cual no sabe quién es más ladrón, si quien funda un banco o quien lo roba. Frase muy oportuna en una época en que el  Partido Comunista de Venezuela se financiaba asaltando bancos, actos que apropiadamente llamaban “expropiaciones”.

El problema para ambos es que los actuales administradores del sistema de justicia se han  tomado al pie de la letra sus afirmaciones, no como metáforas o formas de hablar, sino en el sentido literal, como suelen hacer los militares sin imaginación literaria.

Esto es lo que explica que a tantos asesinos, ladrones y secuestradores les hayan dado chapas de policía o los hayan nombrado jueces, siempre en el entendido de que eso basta para convertirlos en ciudadanos ejemplares.

Pero también, en contrapartida, que a tanta gente honrada la hayan metido en la cárcel, la hayan difamado y enviado al exilio según esta filosofía: la sociedad es quien decide, “éste es traidor; éste héroe” y eso es suficiente en un muy mal entendido positivismo.

Desafortunadamente para EGG y sus numerosísimos discípulos, hay algo más que la mera decisión social, de un juez u otro funcionario: los criminales existen. Y podemos asegurar que ellos no se los llevan a sus casas como domésticas, jardineros, choferes y escoltas. Y si lo hacen, pagarán las consecuencias de su error in eligendo.

Como paga la sociedad civil el tener presos a los auténticos policías y sueltos a los criminales. Esta no es una cuestión de opinión sino de constatar los resultados prácticos de una política criminal, en el doble sentido de tratar al delito y por las consecuencias que tiene para la familia venezolana.

El ministro que en la neolengua totalitaria, que todo lo pone al revés, no puede llamarse sino “de justicia y paz”, lo hace evidente en sus rocambolescas ruedas de prensa tratando de criminalizar actividades inocuas y a personas intachables en la creencia de que basta que él diga que son delincuentes para que lo sean; siendo a la vez palmario que ante doscientos cincuenta mil asesinatos no haya agarrado a nadie, que el secuestro exprés y el narcotráfico sean las únicas industrias en expansión en este país.

Cualquiera se da cuenta que cuando resuelven un crimen en tiempo record, si la víctima es prominente, es otra mentira. No agarran a nadie o agarran a cualquiera y le imputan cualquier cosa, porque, al fin y al cabo, como ni siquiera los exhiben en público, nadie los carea, ni hay contraste de información, todo se vuelve teatro.

Tienen un kit para exhibir en cada caso, según la banda que desmantelan sacan de un almacén los objetos “incautados” y los muestran al público sin ningún rubor. Si alguien se ocupara de contrastar estas exhibiciones probablemente verificaría sin sorpresa que son los mismos objetos desvaídos por miles de ruedas de prensa.

La cocaína desapareció hace años porque se la robaron ellos mismos para venderla o inhalarla, lo mismo que unos dólares que ya fueron gastados y sustituidos por otros falsos de cualquier incautación anterior.

Esto hace que, como en las películas de bajo presupuesto, unas cintas se mezclen con otras y produzcan resultados hilarantes, si no fueran trágicos. En el asalto a los campamentos juveniles, a los que llaman “campamentos violentos” (pero uno no sabe cómo puede ser “violento” un campamento), exhiben armas, drogas ¡y dólares! Más allá de la crítica usual de cómo van a tener dólares unos jóvenes que no tienen para pagar un pasaje, lo ridículo es ¡¿para qué?! ¿Qué hace uno con dólares en un campamento?

Lo que pasa es que el jefe de utilería le llevó a Rodríguez Torres el kit que usan para la captura de narcotraficantes y ése, lleva dólares. Desafortunadamente ya no hay periodismo independiente en Venezuela porque sino hubiera sido interesante que le preguntaran qué hacían esos jóvenes con dólares en unas carpas.

Pero el ministro se va transfigurando, en su psicosis los estudiantes se transforman en drogadictos y sin solución de continuidad en terroristas; se le olvida que está hablando de “hijos de vecinos” y que no está en medio de la selva, en un campamento como el de su camarada Raúl Reyes, sino en Chacao, en el centro de Caracas.

Asimismo dice que encontraron “promiscuidad”, como si eso fuera un coroto que puede constar en un acta; le faltó completar “sexual”, que es lo que quería insinuar. En general, se entiende por promiscuidad el intercambio de parejas. Pero, ¿cómo se encuentra eso en un supuesto allanamiento? ¿Personas de distinto sexo conviviendo en carpas? En ese caso, ¿cuál es el crimen?

Lo que está en el fondo es el afán, más propio de vieja chismosa, de incitar un escándalo beato, manipular un morbo pacato e hipócrita, a la vez que rebajar una protesta legítima a camping vacacional; pero si así fuera, si alguien le creyera sus infundios y calumnias: ¿eso justificaría la movilización de cientos de policías y guardias nacionales?

Uno se imagina a un grupo de hombres serios, entrenados toda la vida para la defensa nacional, alrededor de una mesa, con trajes de camuflaje, manipulando planos y gráficos aéreos, cotejando cifras, calculando efectivos enemigos y propios, resolviendo graves problemas logísticos, de avituallamiento, estudios del terreno, vías de ingreso y escape, todo esto para asaltar unos campamentos escolares: ¡El factor sorpresa es esencial! ¡Una operación limpia!

Luego lo que se siente es pena, una gran vergüenza: Dios mío, ¿cómo este país pudo caer hasta aquí?

La historia sonríe: después de Boyacá, Carabobo, Ayacucho, Pichincha, los generales, Acosta Carles, recordado por el asalto a la Coca Cola, con eructo; Alcalá Cordones por el asalto a la división motorizado de la PM, con abrazo; Rodriguez Torres, por el asalto a los campamentos de nuestros muchachos, con insultos.

Podrán decir con su comandante en jefe, Fidel Castro: “La historia nos absolverá”. Quizás Dios perdona; pero la historia es implacable.

BOLIVARIANISMO DEL SIGLO XXI

El general Juan Vicente Gómez fue el fundador del bolivarianismo moderno y se identificó con el libertador al punto de hacerse morir en la misma fecha que él, un 17 de diciembre. Lo irónico es que creó esta ideología, nacionalista y patriótica, para oponerla al internacionalismo socialista.

El logro más notable del socialismo del siglo XXI es integrar ambas ideologías en un pasticho indigerible que combina ambos elementos con cristianismo y comunismo, que hasta ahora suscribía la consigna “ni Dios, ni patria, ni rey”.

Salta a la vista el daño terrible que hace el colaboracionismo a la claridad política y conceptual de la oposición, partiendo del cálculo erróneo de que el chavismo es mayoría o por lo menos la mitad del país, por lo que, si quiere crecer, necesariamente tiene que hacerlo mordiendo en ese sector.

Su estrategia es imitar a Chávez en gestos y palabras, agregando el error de creer que se puede atraer algo de aquel lado sin perder nada de éste. El resultado no puede ser peor: no consigue nada con los chavistas “moderados” que prefieren el original a la imitación y pierden a los opositores “radicales” que no quieren nada que huela a chavismo.

Queda claro que el uso del apelativo “bolivariano” es una decisión política del colaboracionismo para congraciarse con un sector militarista que lo tiene como piedra angular de su ideología y que no puede, ni quiere aceptar nada fuera del bolivarianismo.

Podría decirse sin ofender a nadie: constitución de la república de Venezuela, de la república o Venezuela (por separado), constitución nacional, carta magna, constitución; pero cuando se agrega “bolivariana” se está tomando una posición política partidista.

Si la república es bolivariana el que no sea bolivariano está fuera de la república, es un apátrida. He aquí el fundamento de las calumnias y descalificaciones que ponen a los opositores como agentes extranjeros, tal cual como en una república socialista soviética. ¿Qué pasa con los que no son socialistas ni soviéticos?

Esta es la increíble violencia que no se advierte cuando se califica a una república con un apelativo político, ideológico, religioso, tanto como cuando se hablaba de repúblicas cristianas como ahora de repúblicas islámicas.

Así, se ha aceptado dócilmente nombrar a cada ministerio como de un supuesto “poder popular”, pero ocurre que tal poder popular no existe en la constitución, aunque los elevaron de los tres tradicionales a cinco; pero sí existe en la constitución de Cuba.

Es un subterfugio de Fidel Castro para eliminar la separación y equilibrio de poderes, porque los poderes públicos son subordinados explícitamente en la constitución al poder popular que, por supuesto, encarna el comandante en jefe.

El lenguaje es la primera víctima del totalitarismo, pero también su eficaz herramienta de dominación.



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