Juan Carlos Sosa Azpúrua / Una nación con facciones heroicas


8/5/14

Pocas veces en la historia de la humanidad se ha visto una guerra como la que se experimenta en estos momentos en nuestra tierra. No existe registro de una experiencia suicida que se le parezca, donde tan alto era el costo de lo que se perdería y tan escasa la comprensión de su valor y la necesidad de cuidarlo. 

Estos años duros que han corrido nos revelan  una sociedad efímera, vacua, sembrada de artificios y egos inflados, tonta a más no poder, frívola hasta romper la barrera del sonido, inmadura y muy desvinculada de los valores que dan consistencia a la vida de los hombres. 

Lo que trajo a Chávez al poder fue la mezquindad de unos pocos, la incapacidad de ver más allá de sus narices y superar añejas rencillas personales, asumir los riesgos implícitos en  los cambios necesarios que se adelantaban y la prepotencia de asumir que al militar de la boina roja lo pondrían a bailar como monito obediente. 

Como corolario de estas miserias, estaba también la lista emblemática de los “intelectuales” y la “sociedad civil” que le cantaban loas a Fidel Castro, a pesar de los crímenes documentados de su tiranía y haciendo caso omiso al fracaso estrepitoso que el modelo comunista experimentó de forma pública y notoria con el desplome del Muro de Berlín y la muerte de la Unión Soviética por su incapacidad de salvar a sus pueblos del hambre y el aislamiento.  

Y con el correr de los años, se hizo más que evidente que lo de Chávez no era un proyecto local, ni el producto de la mente enmarañada de un teniente coronel con ínfulas esquizoides. Se evidenció a todas luces que lo que estaba detrás de su gobierno era una trasnacional poderosísima del crimen organizado, creada por Fidel Castro para darle oxígeno a su fracaso continental, empresa dirigida por algunos de los delincuentes más connotados de la fauna narcoterrorista que destruye al planeta.

También se hizo cristalino que la hueca institucionalidad del país era el instrumento perfecto para secuestrar totalmente el poder, donde la justicia pasó a ser un chiste malo y lo demás, en especial el mecanismo electoral, el arma más efectiva para la consolidación del proyecto delictivo que se tenían entre manos, y que pasaba por la colonización absoluta del país por parte de los agentes de inteligencia cubanos, ungidos como virreyes de Venezuela, penetrando las esferas sensibles, infiltrándose en todas partes, comprando consciencias, recopilando datos preciosos de los esqueletos escondidos en el armario de los actores importantes, agarrándoles con fuerza su rabo de paja para que sintieran el calor del fuego que les prenderían en el trasero si se ponían necios.  

Y lo mismo ocurrió en las Fuerzas Armadas. Las violaron y corrompieron hasta la médula, rompiendo sus cadenas de mando, haciéndolas obedientes a Cuba, humillándolas sádicamente, arrodillándolas para hacerles sentir lo que sienten las prostitutas que contratan los psicópatas para defecar y orinarse sobre sus cuerpos desnudos. 

Fue cruel, tan al estilo de Castro, arrinconar a la oficialidad para darle solamente dos opciones: la vida de una cortesana humillada pero privilegiada, o la nada. El resultado fue grotesco, porque no podía ser de otra manera. El otrora ejército de libertadores; los honorables militares criollos que se batieron en Machurucuto, expulsaron a los guerrilleros y salvaron las libertades; reducido a un cuerpo de barraganas con uniformes planchaditos y medallas de hojalata… soldaditos pánfilos, inflados de aires egocéntricos que los transforman en burlas andantes, tragedias humanas perdidas en las selvas tropicales de los gorilas del banano, haciendo de Venezuela la gemela de Zimbabue, una franquicia cualquiera de las tierras forajidas que nadie respeta.  

Y el Petróleo,  condenada viscosidad y su magia macabra cuando el mago que lo saca del sombrero carece de escrúpulos. El petróleo en las manos equivocadas es una fruta endiablada, que se exprime y exprime para sacar jugos que embriagan las cabezas del mundo, las emborrachan de ambiciones subalternas para que nada que huela bien tenga vida. 

Y a ese festín acuden convidados del planeta entero. Brindan y beben, bailan, se soban y fornican; Sodoma y Gomorra convertida en alianzas poderosas, con ramificaciones en los cinco continentes y en cada una de las organizaciones que supuestamente defienden los intereses del mundo, desde la ONU; pasando por la OEA; Mercosur; ALBA; el bloque de granito que es la izquierda internacional y por supuesto la Corte Penal y demás foros donde las bacterias comunistas contaminaron los sistemas, con parásitos influyentes que dictan las agendas y escriben las noticias con sus mentiras, que de tanto repetirlas se vuelven verdades para los incautos.   

Tanto petróleo, ese jugo exquisito que beben los mandones, fue distribuido con astucia y nada quedó a la improvisación. Se tejieron las trampas en los lugares clave. Como virtuoso pianista, la agencia local de Fidel Castro ejecutó obras maestras: CADIVI (Ahora también las modalidades de SICAD) quizás se lleva los aplausos de pie, porque gracias a su música la sociedad entera cerró los ojos para dormir el sueño evaporado que suelen tener las presas atrapadas por las boas, un vaporón que nubla los sentidos y hace alucinar cosas que no existen, como democracia y salidas electorales.

Pasaron los años, las mentiras fueron semillas mágicas esparcidas por todo el territorio.  El sol y la lluvia, este clima tropical tan amante de la naturaleza, hizo que germinaran y de allí brotaron árboles gigantescos con raíces en forma de escaleras, descendiendo en la misma dirección concéntrica, a un lugar que hierve, el lobby de Dante, la primera paila del infierno, un cuarto maloliente donde las caretas se derriten y las mentiras sudadas se desvisten, para hacer un striptease de verdad; la más cruda de las verdades, porque está embadurnada de traición. 

Esta peculiar danza de rabo y cuernos muestra en pelotas a un país extraviado por su propia ligereza, por haber sucumbido a las peores tentaciones, cerrando los ojos y tapándose los oídos a tantas advertencias que se hicieron, minas enterradas que pocos quisieron descubrir, hasta que les explotaron en la cara. 

Y el corazón de las tinieblas palpita el éxodo de tantos valores que se fueron, material humano de primera necesidad que ya no está presente, y probablemente no volverá.  Aquí, enterrados en el vestíbulo de Mandinga ya nada es igual, porque las notas del pianista suenan repetidas, aburridas. 

Las manzanas se repartieron entre los convidados del festín, los de verdad y los de mentira. Pero en el infierno no son apetitosas, porque saben a lo que son, frutos demasiado maduros, putrefactos, de donde se asoman los gusanos, esos babosos insectos que alguna vez lograron ser como los camaleones, disfrazados de aliados para así chuparse las mieles del poder. 

Pero los años son navajas que cortan y pasaron muchos, demasiados años. Esas mieles hoy son apenas un pegote lleno de moscas peludas y multicolores: verdes, amarrillas, blancas, rojas, anaranjadas, azules, violeta; todo un arcoíris de insectos voladores, coloreando las paredes de este cuarto infernal, pintando el cuadro de un país que se lo llevó el diablo.  

¿Y los estudiantes? ¿Qué pasará con estos héroes del presente,  que lucen tan solos, unos David enfrentado a este tenebroso Goliat? ¿Qué pasará con ellos? 

Es tan difícil responder esta pregunta, porque son los ojos de mi hijo los que veo cuando me la planteo, es esa mirada brillante y profunda, pero tan inocente, que se me clava en el corazón para hacérmelo estallar en mil pedazos.  

No tengo una respuesta.  Mis años pesan, porque cada uno de ellos encierra una memoria que me insulta a diario con su mueca canalla. Los años más productivos de mi vida los dediqué a combatir molinos de viento, persiguiendo salidas que no encontré, y no lo hice porque éramos pocos, demasiado pocos los que no sucumbimos al aliento de la boa…contados con los dedos de las manos el recurso humano que no se bebió el jugo del festín, pagando el precio de nuestra insolencia con el desprecio y la soledad.  

Hoy observo a mi hijo y en él concentro a los hijos de tantos de nosotros, muchachos que tienen meses cargando el peso de tanta irresponsabilidad histórica, llevando en sus espaldas kilos y kilos de vacío, una carga monumental que es tan injusta como real.  Estos muchachos han tragado gases y fueron heridos salvajemente, vejados, asesinados; su sangre se ha derramado, siendo tragada por las raíces de estos árboles que sirven de conducto al horno infernal que es hoy Venezuela. 

¿Cuánta más sangre joven debe derramarse para inundar el cuarto mosquil que nos atrapa, buscar un vientre y hacerse esperma, para gestar en él un feto de país distinto, con facciones heredadas de los héroes? 

No lo sé. La batalla es épica, las fuerzas son desoladoramente desiguales.
  
Lo que sí sé, es que nuestros muchachos son los héroes que están dando la pelea, con un valor y una determinación sobrecogedora, que me hace pensar en el Henrique V de Shakespeare y su discurso en la víspera de la fiesta de San Crispín, esa batalla contra un ejército francés que le superaba infinitamente en fuerzas físicas pero no espirituales.  Esta lucha dispareja, a todas luces suicida, que ganó Inglaterra, fue el triunfo del espíritu humano cuando se transforma en un arma imbatible.  

Y eso son los muchachos, estos héroes venezolanos que nos recuerdan que los imposibles a veces son alcanzables,  que de vez en cuando,  el bien sí triunfa sobre el mal en esta tierra de víboras que habitamos. 

Son jóvenes y la esperanza de toda una nación, porque su triunfo, de darse, sería la reivindicación de una traición añeja y el canto de un mañana donde las cosas podrían ser distintas, donde quizás respiremos aires frescos,  en un mundo conquistado por nuestros hijos… una nación con facciones heroicas. 



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