Edgardo Ricciuti /Oclocracia Caribeña



29-11-13




 El poder político necesita ser aceptado por aquellos que se someten a su autoridad. Este consenso específico responde a la necesidad de la aprobación de sus miembros en respetar unas reglas de convivencia preestablecidas.

        Así como siglos atrás los hombres obedecían a un monarca por voluntad de Dios, hoy nosotros aceptamos someternos a la autoridad por la voluntad de la mayoría. En términos concretos, podría éste parecer un sistema racional y justo para decidir el destino de un pueblo, pero en la realidad no lo es en sentido absoluto.

        Cuando eruditas y defensores a ultranza de la Democracia, como sistema pacífico de alternancia en el poder, citan a modo de ejemplo ideal a la democracia ateniense, evitan profundizar sobre un par de aspectos fundamentales: el primero, que existía una gran cantidad de habitantes en la ciudad que no participaban por su condición de esclavos; el segundo, que muy frecuentemente, los representantes accedían al cargo no por elección sino por sorteo.

        Sin  esclavitud la democracia ateniense nunca hubiese podido existir, visto que mientras los ciudadanos deliberaban sobre sus destinos y se ocupaban de los problemas de la ciudad, los esclavos se dedicaban a otras labores para facilitarles la existencia a sus amos.

        Dicho en términos actuales, no poseían derechos políticos. No podían participar de la vida pública, mucho menos opinar, pues no poseían libertad alguna para ser verdaderos amos de su existencia. Sus deberes se circunscribían dentro de las necesidades de sus amos.

        El sorteo, a diferencia de la elección del cargo, era un mecanismo azaroso para la asignación de cargos públicos. Este sistema contemplaba que todos los ciudadanos podían ser elegidos para asumir el cargo. Obviamente los esclavos estaban al margen de toda participación en el proceso, siendo solo unos pocos los que ocuparían los cargos. Cualquier ciudadano era apto, tenía la preparación y la virtud para asumir el cargo, por lo que algo tan dogmático, hoy día, como el derecho al voto, era superficial en aquel sistema, pudiéndole dejar al azar la elección de un nuevo funcionario.

        Si en nuestra realidad aceptáramos este mecanismo, seguramente se alzarían voces por doquier oponiéndose a éste.

        El rechazo se explicaría ante la existencia de una Oclocracia en Venezuela, donde el poder reside esencialmente en la muchedumbre, y donde no es tomado en cuenta ni el mérito ni el honor de los individuos para tales fines. Me pregunto: la elección de un funcionario para un cargo público, ¿no tiene como finalidad el escoger al más capacitado, honorable, eficiente, inteligente y honesto entre todos los aspirantes?

        Si se echa una mirada a los personajes que aspiran a un cargo público en esta realidad política y a aquellos que ya están en el poder, ¿sería más destructible el “azar” mismo, para nuestra realidad, de lo que fue cualquiera de las recientes elecciones? A ustedes la respuesta… y bienvenidos a la Oclocracia caribeña.




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