Luis Marín / AUDITORIA DEL SIGLO XXI


Luis Marín / AUDITORIA DEL SIGLO XXI



23/4/13



La Cátedra  Pío Tamayo de Historia Actual ha preguntado, quizás en tono humorístico: ¿Puede prosperar una auditoria/impugnación que ponga fin a la presidencia de Maduro? El panel de invitados al foro el lunes 22-04-13, respondió unánimemente que no; por lo que lo procedente es desplazar la pregunta hacia el sentido que podría tener proponer una vía de acción que de antemano se reconoce como seguramente infructuosa.

La primera y más sencilla respuesta es que se trata de parte del “Show business”: una consecuencia necesaria de la situación en que se ha puesto la oposición oficial, atrapada en sus propias mentiras, que transita sin solución de continuidad de un: “Si votamos, ganamos”, a un todavía más quimérico: “Si auditamos, ganamos”.

El funcionario a sueldo de la dictadura, Vicente Díaz, abrió el juego con su declaración: “Que se abran todas las cajas”, con lo cual los estaba enviando directo a un callejón sin salida porque cualquiera sabe que eso es un tremedal del que es imposible salir con nada claro. Tan buena fue la propuesta, que el primero que la acogió alborozado fue el mismo Nicolás Maduro, que le dio rango presidencial a la sugerencia con su estilo habitual: “¡Que hablen las cajas!” Que de ocurrir sería sorprendente, incluso en este país.

No se necesita ser directivo del CNE por lustros para saber que ellos mismos pusieron en la normativa que cuando haya discrepancia entre el contenido de las cajas y lo que diga la máquina, prevalece lo que diga la máquina. Y de un CNE que todavía no ha entregado los resultados del referendo revocatorio de 2004, bien pueden esperarse los resultados de una auditoría cuyo fin, según la ley, es garantizar la “transparencia y confiabilidad de dicho proceso”. ¡A estas alturas! ¿Quién puede todavía hablar de transparencia y confiabilidad?

Llamar a cacerolazos no solo es una embarazosa confesión de impotencia, sino dirigir una ruidosa manera de no hacer nada. Inutilidad sobradamente demostrada en la práctica, porque en los pasados 14 años de dictadura se han abollado utillajes completos sin obtener el menor resultado, como no sea “descargar la arrechera” sin hacerle el más mínimo daño a nadie (con la probable excepción de las ollas).

Con la auditoría quieren saber hasta cuántos mochos votaron, para determinar en forma fehaciente si se justifica o no el llamado “voto asistido”, vale decir, que los esbirros acompañen a los votantes detrás del paraban. ¡Como si eso tuviera alguna importancia, en términos de fraude sistemático!

Los jesuitas en tiempos de persecución inventaron un lenguaje para no caer fácilmente en manos de los verdugos; pero sin verse forzados a mentir, traicionando sus propios principios de fidelidad la Verdad. La cuestión consiste en refugiarse en la ambigüedad propia del lenguaje natural o bien decir parte de una frase en voz alta y el resto en forma inaudible o incluso in pectore, para dar a entender una cosa por otra.

Como si le preguntaran: ¿Esconde usted a alguien aquí? Y respondiera: “No. Aquí sólo estoy yo”. Lo cual es cierto porque el perseguido está allá, en el sótano, por ejemplo.

El candidato opositor asegura: “Nadie puede saber por quien usted votó”; ni siquiera usted mismo, habría que agregar. O bien la Santa Iglesia que declara: “Sólo Dios sabrá por quién votamos”; porque al CNE no se le puede creer.

EL TERCERO EXCLUIDO

No se ha tomado con suficiente seriedad la práctica de decir y repetir constantemente que este país está dividido en dos: gobierno y oposición; entendiendo por “oposición” ese hermano siamés de la dictadura que le presta el barniz de “democrática”, con que se presenta en el exterior.

La razón parece simple, pero las consecuencias son tremendas. Se trata de consolidar la idea de que hay una sola oposición, representada en eso que llaman MUD, que tiene una sola voz, un solo candidato, una sola tarjeta y un solo mensaje: la unidad. Todos los venezolanos tenemos que estar unidos sin fisuras, escotaduras, esguinces: unidad total.

La concepción es evidentemente totalitaria, exactamente como el gobierno que se mira en un espejo: bolivariana y socialista. En esta fórmula los socialistas de la oposición han creído hallar la cuadratura del círculo de un sistema socialista que es el remedo de la caricatura con que ellos se representan la democracia “burguesa”: un sistema en que dos empaques de idéntico contenido se disputan el poder engañando a “las masas” con una ilusoria elección.

El pequeño problema es que dejan por fuera a la mayoría de la población que no es del gobierno ni de esa falsa oposición colaboracionista. Lo realmente grave es que esa población es ignorada, no tomada en cuenta, sus opiniones no se escuchan, es privada de voz y presencia, ni siquiera se nombra, hasta llegar al extremo de que objetivamente, no existe.

La creación de sectores de población privados de la facultad de comunicar esto es, de humanidad, es consustancial al socialismo. Su lugar natural es el lager, el campo de concentración, el gulag, la granja de reeducación, el hospital de rehabilitación mental; su destino, el silencio absoluto, la no-presencia.

En este punto también presta una gran ayuda la Santa Madre Iglesia, que ya no es la voz de los que no tienen voz, sino que ha excluido de la feligresía a quien no sea gobierno ni oposición, que son los únicos a quienes sistemáticamente menciona en sus alocuciones. Quien no sea gobierno ni oposición no es parte del país, desaparece del discurso.

Históricamente, a los no-existentes el único recurso que les ha quedado es persistir, es decir, desmentir con su presencia el negacionismo socialista, la pretensión totalitaria del absoluto, afirmando su diversidad: El mundo no es homogéneo, la unidad total no solo es imposible sino indeseable. Ese es el mantra que conjura la aspiración jesuítica de un mundo perfecto.

Pero debajo de la mentira publica, va horadando un surco la verdad, silenciosamente.

FUNDAR LA REPÚBLICA CIVIL

En Venezuela no hay todavía una sociedad civil y nunca en toda su historia se había hecho un esfuerzo tan sistemático, orquestado y brutal por destruir lo poco que se había logrado en dos siglos de lucha desigual. En este asalto se han conjurado el militarismo endémico con el comunismo importado.

Una república civil en Venezuela tiene que ser necesariamente no bolivariana e incluso antibolivariana, porque el bolivarianismo es la forma en que se manifiesta y pretende hacerse plausible al militarismo, quizás desde Guzmán Blanco, pero sin duda de Juan Vicente Gómez para acá, que hasta ahora había sido su máxima expresión: Bolívar como imagen del militar, caudillista, guerrerista y tirano por excelencia.

Una república civil en Venezuela tiene que ser necesariamente no socialista e incluso antisocialista, porque el socialismo es la forma en que se manifiesta y pretende hacerse plausible el totalitarismo, la opresión económica y cultural del Estado, la desaparición de la esfera de libertad individual.

En su versión de izquierda hegeliana, el Estado es presentado como “la realidad de la idea moral” o peor como “Dios en la historia”; al contrario, la esfera privada es  inmoral y la “privatización” el mismo demonio. Todo lo público se rodea de una presunción de legalidad, mientras que lo privado se presume delictuoso y se cubre de sospecha.

Contra toda evidencia, porque está a la vista que el Estado puede ser asaltado por sujetos deshonestos y corruptos que no actúan en función de ningún interés público sino movidos por mezquinos intereses personales y familiares. Esta tendencia se lleva al paroxismo en los regímenes llamados socialistas, como en Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Venezuela.

En verdad, el Estado es el Mal en la Historia y debe ser reducido a su mínima expresión, para que haga el menor daño que sea posible. La sociedad civil, el mundo privado, los individuos, deben posesionarse del espacio público y hacerlo propio, levantar el reino de la libertad, la diversidad y el pluralismo.

Pero hace falta mucha confianza en sí mismo y derribar las estatuas de héroes y tiranos, proscribir la idolatría como crimen contra la humanidad. El camino es ejercer la crítica de lo que hay (bolivarianismo y socialismo) y proponer alternativas para lo que viene.

Si no se asume que la independencia estuvo signada por el error y se hubiera logrado mucho más y a menor costo con una dirección civil de nuestro proceso histórico, la perspectiva que tenemos es la guerra, la misma que no ha terminado desde 1810.

La otra, es esperar que este régimen demencial colapse por su propia inoperancia e incapacidad, pero esa perspectiva, además de indigna y cobarde, es demasiado larga. 70 años le costó a Rusia, Cuba lleva más de 50. ¿Cuánto aguantará el cuerpo venezolano?

Por una ironía del destino, de Dios o la historia, la solución parece acercarse a nuestras manos, aunque nos empeñemos en no querer agarrarla con firmeza.

COMUNISMO POR FASCISMO

La forma más fácil de identificar a un falso opositor es que cada vez que se ve obligado a protestar crímenes de la tiranía castrista, en lugar de denunciar al comunismo clama: ¡Esto es fascismo puro!

Es decir, el fascismo es lo malo por antonomasia, el comunismo no, sigue siendo bueno no importa lo que hagan los comunistas. De hecho, por una suerte de desplazamiento, cada vez que un comunista comete un crimen, eso no demuestra que los comunistas son criminales, sino que los camaradas han sufrido una desviación fascista. Sólo lo fascista es malo y lo malo siempre es fascismo, aunque lo perpetren los comunistas.

Lo curioso es que el partido de Fidel Castro se llama “Partido Comunista Cubano”, sin que nadie esté tratando de difamarlo; así como el Partido Comunista de Venezuela (PCV), es partido de gobierno en Venezuela. De manera que resulta inexplicable como es que sus ejecutorias son fascistas y no comunistas.

La idea es atacar los hechos, que son inocultables; pero dejando intacta la franquicia, que es el comunismo internacional, aliado de su gemelo, la Internacional Socialista. Por eso los criticadores de la oposición a cada paso aclaran: “Pero esto no es socialismo un carrizo; esto es otra cosa”. La otra cosa no se sabe lo que es; ni el socialismo verdadero y puro que ellos, los de la oposición, profesan con tanto fervor.

Así como le vendieron al candidato opositor la necesidad de hablar de clases sociales, el creativo que le vendió la idea de bautizar su equipo de campaña como Comando Simón Bolívar, simplemente, le robó los reales.

Pero nos hizo un gran favor a todos al revelar de forma indiscutible que la unidad por la que tanto claman es entre gobierno y alternativa democrática: la dictadura perfecta.

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