Juan Carlos Sosa Azpúrua / Aire venezolano




28/9/12

Faltan pocos días para que Venezuela tenga la oportunidad de vivir una vida diferente, orientada hacia los caminos de la libertad. 

Muchas veces se ha repetido que Chávez es una consecuencia de años de irresponsabilidad y ausencia de decencia. Esta aseveración es en cierto modo válida, pero no del todo.  

Ningún pecado fue lo suficientemente grave para que mereciéramos catorce años de lo que quizás es el peor gobierno que jamás haya regido los destinos de un país. Y la sociedad venezolana, en esta época tenebrosa, en varias oportunidades demostró una voluntad férrea, demostrando capacidad de lucha y dignidad. 

Lo cierto es que nada nos preparó para confrontar un sistema estructurado para mentir y fundamentado en premisas que nos eran completamente ajenas. 

Si algo nos caracterizó como nación fue una natural bondad que se palpaba en los detalles más nimios. El taxista con su sabiduría generosa, el chichero con sus chistes picarescos y el maestro de escuela con su infinita paciencia y amor por su oficio. El venezolano siempre fue sangre liviana, un tanto díscolo y leve, pero con una idiosincrasia bondadosa, de fácil trato, capaz de sellar hermandades con el intercambio de pocas palabras y un abrazo. 

Hugo Chávez llegó como un invasor extraterrestre, diseñado para destruir todo lo bueno que teníamos y sembrar todo lo malo que no teníamos. Es falso que Chávez interprete el sentir venezolano, que sea reflejo de lo que somos.  Esta afirmación no soporta un análisis serio. 

Todos los seres humanos, independientemente de nuestras nacionalidades, compartimos la misma naturaleza y como tal tenemos rasgos que nos identifican como especie. Los humanos tenemos luz y, por tanto, también sombra. 

Una melodía de Gabriela Montero nos eriza la piel, sacándonos lágrimas de emoción sublime; aquí y en Suiza, la pianista venezolana logra el mismo efecto, con sus manos produce sonidos que abren el alma para extraer lo más bello. Y lo mismo un paisaje. Vemos el Ávila o los riscos de Higuerote y nos provoca ser amables, nos sentimos agradecidos con la providencia y algo adentro nos recuerda que lo bonito no es quimera, que existe y vale la pena disfrutarlo. Es la misma sensación que se tiene al contemplar la montaña mágica de Davos o los riscos imposibles de la Costa Azul francesa. Venezolano, Suizo o Francés, no importa, la sensación es la misma.

Si por el contrario, lo que se nos expone es feo, ruidos exasperantes, paisajes embasurados, tratos injustos y bellacos, sentimos irritabilidad, y lo que sale de nosotros no es precisamente armonía. 

Los entrenadores deportivos son necesarios porque inspiran a sus equipos a conquistar la gloria. Un mal entrenador puede hacer mediocre a la mejor estrella; mientras que uno bueno puede hacer brillar a quien hasta entonces fue regular. 
Chávez llegó para conectarse con lo más reptil del alma humana, para apagar la luz del espíritu y azuzar sus sombras, tapó el sol y en la oscuridad se disfrazó de fantasma para visitar las cavernas mohosas de la humanidad venezolana. 

El espectro se hizo niebla para colarse por las ranuras de lo insignificante y hacer de lo prohibido algo permitido, aplaudido, deseado. Las pasiones más salvajes, esos bajos sentimientos que toda persona sana busca transformar en algo bueno: envidia en admiración; resentimiento en generosidad; complejos en cualidades; ignorancia en sabiduría; odio en amor…esas primitivas pasiones fueron glorificadas por Chávez, su liderazgo se ejerció para sacarlas todas a flote, pero no para curarlas, no para inspirar su transformación en algo bueno; en algo productivo para el ser y para la colectividad; sino para fortalecerlas, blindarlas y hacerlas prevalecer frente a todo lo demás. 

Chávez se conectó con los desechos del alma y los sacó a flote, volviéndolos un río poderoso que se llevó todo a su paso; aguas llenas de basura que hundieron lo bueno del corazón, sumergiendo las cualidades de los venezolanos. 

Chávez no interpretó ningún padecimiento, no se hizo voz de quienes no la tenían. Consiguió una espinilla en el alma venezolana para exprimirla hasta sacarle todo el pus, pero no para eliminar la espinilla, sino para usar el pus e infestar el alma entera, volviéndola toda un monstruoso grano, un volcán de líquidos envenenados que esparció por toda Venezuela. 

Durante catorce años hemos sido arrastrados a un basurero, obligados a respirar los olores de lo descompuesto; nos han encerrado en el reino de las ratas, el lugar donde las flores se marchitan, no existen los colores y las sonrisas se vuelven muecas de tristeza y rabia. 

Y hemos tratado de escapar. Lo intentamos varias veces. 

En el año 2000, fuimos millones los que esperanzados ejercimos nuestro derecho de ser libres, solamente que no estábamos programados para entender las profundidades más inhóspitas del engaño; no sabíamos hasta qué punto las ratas se habían colado aún en los lugares que pensábamos que estaban limpios. 

Luego en 2002, las calles de Venezuela fueron testigos de la dignidad hecha colectivo; fuimos otra vez millones los que luchamos por romper las cadenas de la servidumbre y casi tuvimos éxito. Pero de nuevo, el destino nos atrapó crudos, no teníamos suficientes cicatrices para sortear la nueva versión del engaño; para digerir el sapo baboso que representó la traición de un sector militar que no tuvo la valentía de hacer lo correcto, mientras buena parte de la élite venezolana cometía errores catastróficos.  

Todavía tambaleantes por lo sucedido, pasamos 2003 y llegamos a 2004, cuando volvimos a organizarnos, reiteramos nuestro compromiso de lucha, diseñamos estrategias cívicas, recogimos firmas, convocamos a la sociedad entera y fuimos a referéndum. Y el engaño reiteró su firmeza, esta vez de manera más sofisticada y con cómplices de lujo, premios nobel, expresidentes internacionales y titanes corporativos que hicieron de la traición una política de Estado; de la mentira una verdad mediática y de la mezquindad una virtud democrática.  

Con el sabor del fraude en el paladar, en 2005 volvimos a la lucha y demostramos que éramos una mayoría no dispuesta a legitimar instituciones de utilería; que la verdad tenía que imponerse a la mentira y los hombres teníamos que ser superiores a las ratas. 

Pero como una tinta mágica que del papel blanco de repente emerge, la mentira sembrada en Venezuela es terca y muy resistente. La gran victoria colectiva muy rápido fue desprendida de sus trajes serios para disfrazarla de derrota; y así comenzó un nuevo carnaval de calles ciegas y laberintos sin salida. 

Ya en 2007, eran nueve años de vivir atrapados en un callejón maloliente, sometidos a la repetición constante de verdades a medias, falsedades brillantes y ratas amigables. Y la gran farsa, la emperatriz de todas las mentiras, inició su desfile por la alfombra roja de una nación hundida en el lodazal. 

El alma aguerrida se volvió pacífica, el corazón gallardo se hizo timorato; las neuronas iluminadas perdieron brillo y la cara fea de una dictadura inaceptable se maquilló con tonos democráticos para confundir a una sociedad bastante cansada, agotada. 

Y así llegamos al año 2012, hundidos en el río chavista pero con los pulmones ansiosos de aire fresco, con fuerzas espirituales para impulsarnos a la superficie y ver la luz con una energía que dice mucho de la genuina textura del alma venezolana.  

Pero esta vez ya son catorce los años sufridos. Muchos de los nuestros se han ido, algunos de los que se han quedado también desean irse; pero todos ellos quisieran estar aquí, no atrapados en el callejón de las ratas, sino en la superficie donde lo que se respire sea el aire puro que necesitamos. 

Y todos ellos, los que se fueron, los que desean irse y los que aquí estamos y nos quedamos, todos nosotros tenemos la oportunidad de escaparnos del cuarto tenebroso y regresar al país que éramos antes de ser esclavizados en el reino de las bajas pasiones; volver al país que esencialmente somos y que ha estado hundido en el lodazal chavista; en la nación que podemos ser si lo que privase fuera el imperio de los sentimientos nobles y las ansias de superación humana, y no el basurero donde las ratas son reyes y reinas, mientras los hombres de bien son esclavos. 

El 07 de octubre saldremos a las calles de Venezuela para secar el río de escombros y sembrar la Libertad. 

Que manera tan elocuente tiene el destino de enseñarnos el camino correcto mientras todavía estamos sumergidos en la oscuridad. 

Los símbolos son tan brillantes que resulta imposible no deducir de sus metáforas el mensaje que nos envía la providencia: Un hombre joven, saludable, recto en su proceder, lleno de ímpetu e ideas frescas; un hombre que representa el futuro es el contendor de la maldad. 

El mal está bien representado en la figura de un individuo enfermo, carcomido por tumores y líquidos artificiales; cansado, envejecido por la vileza de su alma, con un legado que ha sido una terrible  pesadilla, catorce años de vileza, un reinado de tinieblas donde las ratas encumbradas beben y brindan con el pus de las espinillas que exprimen. 

El hombre joven simboliza la Venezuela que somos en lo más esencial de nuestra idiosincrasia, una sociedad de hermanos, donde nos sentimos cómodos entre nosotros, sin etiquetas ni divisiones revanchistas; una sociedad donde el insulto es condenado y el abrazo bienvenido; un país donde podemos pensar distinto sin que eso sea un pecado; una comunidad de personas trabajando en sus esferas individuales para ser mejores personas, tener más oportunidades, progresar con el esfuerzo propio; alcanzar los destinos que cada quien se fije en su corazón;  y no un cuarto mohoso, donde los sentimientos perversos, la envidia, la mezquindad, el odio y la sarna moral sean los ingredientes del alimento nacional. 

Que metáfora tan perfecta ha quedado simbolizada en las campañas electorales de estos dos personajes. 

El hombre joven no insulta, tampoco divide; incluye a todos y su mensaje es un país donde todos progresen. 

El otro, la maldad tumorosa, la vileza hecha hombre, escupe su mezquindad por donde pasa; su mensaje es el odio entre hermanos; sus palabras son un catálogo de groserías y vilipendios; su proyecto es la continuación indefinida de una historia de ratas.

Este 07 de octubre los símbolos se volverán aires y todos podremos escoger con cuál de ellos llenaremos nuestros pulmones; con cual de estos soplos seguiremos respirando en esta vida que nos queda. 

Y el mensaje final es un recate de memoria colectiva. Recordemos quiénes somos los venezolanos.  

Cerremos los ojos y visualicemos el cerro Ávila. Sigamos en trance y escuchemos las notas musicales saliendo del piano de Gabriela Montero.  Luego salgamos a las calles y respiremos el símbolo que nos inspiró la montaña caraqueña y la virtuosa venezolana. 

Sigamos la señal que nos indica el símbolo escogido. Y el 07 de octubre votemos…al hacerlo, no  nos salgamos del camino….sigamos caminando en esa dirección y no permitamos que nada ni nadie nos saque de ese camino… el 08 de octubre, cuando nos despertemos, si es que acaso dormimos, las dificultadas no habrán desaparecido, pero al menos no estaremos encerrados en el cuarto mohoso y tenebroso del infierno que nos brindó el reino de las ratas…

Caminaremos libres y hacia adelante, veremos luz, no sombras; y respiraremos aire puro, venezolano. 

Que Dios los bendiga.




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