Juan Carlos Sosa Azpúrua / Personas, fichas y destino



13/02/12

Pocas veces en la historia del mundo uno se topa con situaciones como las que estamos viviendo en Venezuela.  Un régimen que viola la esencia de los valores de la vida se consolida gracias a las acciones de quienes deberían combatirlo con mayor ahínco, sin darle tregua alguna.  

No viene al caso explorar las razones que permitieron que un hombre lleno de odio y rabia, carente de la más mínima formación ética e intelectual, llegara a la más alta magistratura de un país. De eso hace ya demasiado tiempo y es evidente que lo único que puede explicarlo tiene que ver con el colapso de la sociedad, con la falta de solidez institucional producto de una forma de concebir la vida demasiado leve, irresponsable, de una sociedad cuyo sector más privilegiado jamás se hizo doliente genuino del país, nunca se sintió realmente parte integral y causante de los asuntos más delicados de la nación.  

Y tras 13 años de padecer la metástasis del cáncer social, hoy vemos como nada se ha aprendido de la destrucción, vemos como seguimos siendo incapaces de articular algo parecido a una comprensión sincera y completa de lo que nos pasa.  

Miramos estos años y sospechamos que aquello que provocó las marchas gigantescas de cientos de miles de personas en las calles, aquellas concentraciones ejemplares que quitaban el aliento pareciera que también fueron parte de la misma levedad que nos ha caracterizado. En esos tiempos, se hizo moda protestar, era “estar in”. Algunos altos funcionarios estaban por perder sus cuotas de poder y junto a los jerarcas de medios de comunicación social promovieron las concentraciones y las protestas.  

Mucha gente buena respondió a los llamados  de descontento y demostró que la verdadera fuerza  estaba en la calle. Pero de repente algo cambió drásticamente. A partir del año 2002, pareciera que los astros se alinearon en otras direcciones y formas,  el corazón de la calle se paró.  Demasiados venezolanos valiosos decidieron marcharse y a nivel político el debate se volvió agua, las ideas, las pocas que siempre habido, se disiparon en la nada.  

A partir de 2003, Venezuela se montó en un tren expreso dirigido a su propia aniquilación.   En una sociedad de fibra moral tan endeble, las tentaciones que produce el diablo son particularmente poderosas.  El disparo de los precios del petróleo y el atractivo de la filosofía marxista, que promueve el echarle la culpa  a otro del propio fracaso, la irresponsabilidad individual,  fueron el ticket de primera clase que montó a Venezuela en el tren de la desgracia.  

El régimen aniquiló lo poco que había de instituciones y comenzó la fiesta de “Sodoma y Gomorra”. La penetración del narcotráfico se aceleró y el uso del petróleo para comprar conciencias y exportar el modelo castrista a nivel hemisférico se hizo el aire que respiramos. 

A ritmo acelerado se fortalecieron los vínculos con sistemas totalitarios como Bielorusia e Irán. Igual que castillos de arena fueron borrándose los principios republicanos y occidentales de nuestra nación, para colocarnos ante el mundo como un país de bribones, forajido, que hoy no podría sentarse a comer a ninguna mesa decente. 

Y semejante tragedia no permaneció en compartimentos estancos. Como neblina fue colándose en todas las esferas sociales del país, corrompiendo las bases de todo.  A partir de 2004, comenzó formalmente a aceptarse lo inaceptable y desde allí el desmoronamiento de Venezuela se observa con los brazos cruzados  y la boca cerrada.  

El régimen de la petrochequera infinita inventó su juego, construyó su tablero, diseñó las reglas para jugarlo y expuso sus fichas para que aquellos dispuestos a jugar escogieran sus bandos, igual que cuando dos niños juegan a ladrones y policías, unos escogen ser ladrones y otros policías, pero en esencia ambos bandos son parte del mismo juego y deben cumplir sus reglas para que los jugadores no se peleen y la diversión se mantenga.  

En 2005, el corazón de la calle tuvo varios espasmos de vida, espasmos que se materializaron en acciones que se salieron del tablero de juego y casi lo destruyen, pero las fichas del régimen estaban muy bien colocadas para entonces, suficientemente alineadas para moverse con astucia, ahogando el sonido de aquel corazón que no tenía espacio en ese tablero de juego cuyo nombre es “democracia venezolana”.  

Un juego sería excesivamente aburrido si siempre ganara el mismo jugador.  Los creadores y dueños de las patentes de cualquier juego, saben que esta regla es de oro.  Para que el juego sea exitoso, a veces unos ganan y otras veces pierden, lo importante para el dueño del tablero, es seguir haciendo atractivo su juego y, obviamente, nunca perder  el control. Los dueños de la “democracia venezolana” conocen esta regla y han perfeccionado sus técnicas, que cada vez son más sofisticadas.  

Mientras ponen a jugar a sus fichas, en los cuartos que la gente no quiere entrar suceden las cosas que de verdad importan, son las cosas que genuinamente cumplen los propósitos de los dueños del tablero.  El régimen penetra todos los aspectos de la vida venezolana. Con sus petrocheques compra sus caprichos y mucho más, ¿para qué fusiles?, es más fácil disparar dólares que callar a la gente con plomo.  

El país cambia completamente su vestido, sus maneras, su existir. Transformados en un desierto de corrupción, se acallan las voces sensatas, progresivamente la inteligencia desaparece, vetada completamente del escenario público, las voces de conciencia dejan de escucharse. Se elimina todo vestigio de honor y dignidad. 

El régimen aplasta la Constitución y, burlándose de lo decente, hace totalmente viles las reglas de su juego. Ya ni siquiera hace que el juego parezca equilibrado y justo.  Decide restregarles a todos en la cara quién es el dueño del tablero. Así permite que la diversión continúe, siempre y cuando quede claro que al final el ganador es el creador del juego, su amo y señor.  
El ritmo del régimen se acelera con movidas cada vez más audaces. Como embobados, los venezolanos que no son fichas observan los acontecimientos, olvidándose que se trata de un juego, y terminan creyendo que es verdad, que la “democracia venezolana” no es artificial, que no es de cartón y plástico, sino algo real de lo que puede esperarse un final feliz.  

Los jugadores del bando de los buenos hacen sus movidas y los espectadores reales aplauden. El ruido de estos aplausos es embriagador. La felicidad que producen los aplausos atrae cada vez más a gente de buena voluntad, que a veces sin siquiera saberlo también se convierten en fichas del juego, quedando el tablero compuesto de las fichas malas, movidas por gente muy mala; y las fichas buenas, movidas por gente muy mala y alguna gente que de verdad si es buena, pero que terminan siendo piezas de utilería en el gran juego que se está llevando a cabo por las fichas que mueven los malos de verdad, dioses de todas las fichas del tablero. 

Lo más terrible de todo esto es observar el cómo cada día que pasa en lugar de aburrir, el juego se hace más divertido para sus jugadores.  

Venezuela transformada en un cartón con fichas de plástico, un tablero gigantesco que cada día que pasa hace que sus personas de carne y hueso se larguen a otras latitudes o se resignen a ser estériles espectadores de movidas que no les incluyen…y esos espectadores con el paso del tiempo terminan transformándose también en fichas del tablero, bien sea como protagonistas o como simples peones de utilería, de repuesto.  

Así terminan ocurriendo las cosas que estamos viendo.  Un año sale alguien a denunciar que el CNE no es de verdad, que el CNE es una ficha tramposa, una especie de “joker” que se usa como comodín del dueño del tablero para garantizar el éxito de sus movidas claves; y no transcurre un año y vemos a esa misma persona formando parte del tablero, jugando a la “democracia venezolana” como si el CNE fuera de verdad y no lo que es, una ficha de mentira del bando de los malos.  

Y los medios de comunicación invitan a expertos a realizar sus grandes análisis, a que expongan al país el producto de su sapiencia, y observamos nuevamente la maestría del amo del tablero, impotentes somos testigos del cómo el juego se ha extendido a todas las esferas, porque esos grandes análisis no se hacen ya sobre la realidad, cada vez más difusa, sino sobre las movidas de las fichas, son estudiosos de tablero de juego, y sus análisis son solamente sobre las jugadas, nunca sobre lo que está pasando en los cuartos oscuros donde no se juega, donde suceden las cosas de verdad, las tragedias, y las víctimas son de carne y hueso.  

Y con el transcurso del tiempo, el tren de la desgracia acelera su marcha. Albert Einstein sostenía que el tiempo para los pasajeros de un tren no es el mismo que para los que observan su paso. 

La relatividad de Einstein aplicada al tiempo venezolano también funciona como un reloj. Dentro de tren, que es transparente, todos los pasajeros son jugadores. Fuera del tren, se quedan el amo del juego y los espectadores, viviendo la realidad, mientras son testigos, unos conscientes y otros inconscientes, de  este juego llamado “democracia venezolana”. 

Por eso dentro del tren que conduce a la desgracia, se escuchan vítores, risas y se brindan los éxitos obtenidos.

Fuera del tren, el tiempo es estático, es la Venezuela real, donde sus habitantes de carne y hueso viven como en un pueblo fantasma, un escenario del lejano Oeste donde habita el polvo, la ley del más vivo y se camina al revés.  

Y el tren sigue su marcha, sin que sus pasajeros menos versados se den cuenta que los rieles son circulares, que la máquina no avanza hacia adelante, que se trata de un vehículo de juguete dando vueltas circulares, como un perro buscando su cola creyendo que es independiente a ella.

Ayer, domingo 12 de febrero de 2012, los espectadores del juego fuimos testigos de jugadas magistrales.  El tablero ha crecido y las fichas lucen más lustrosas. El CNE, el Plan República,  el Centro Carter, el REP fantasmagórico, son ahora fichas protagónicas y poderosas, muy poderosas.  Es como si el polvo de realidad que comenzaron a mostrar se hubiera limpiado con el mismo trapo que usan en el palacio de Versalles y les hubieran inyectado las mismas sustancias que convirtieron a Lou Ferrigno en Hulk, el hombre increíble.  

Ayer se escucharon vítores y más vítores. 

Y salen los analistas versados. Analizan las Primarias venezolanas  como si fueran igual que en Francia o como si estuvieran decidiendo lo mismo que decidió el PSUV con sus Primarias para autoridades menores.  Analizan los resultados sobre una base de ficción, 18 millones, en lugar de 13;  y celebran como triunfos las grandes derrotas.  

Y es que en este juego los espejismos también son parte del tablero, como ver una isla de palmeras y cascadas azules dentro de un desierto.  Estos espejismos son espacios del juego, solo que en lugar de llegar al “Banco” como en el juego del Monopolio, se llega al “Espejismo” en este juego de la “democracia venezolana”.  

Aquí cuando los jugadores ganan, los espectadores pierden. 

Ganar un referéndum que dice NO a la relección y al Comunismo solamente para tener un país cada vez más comunista y a un presidente que se puede elegir eternamente; ganar unas elecciones parlamentarias exclusivamente para tener treinta diputados menos que el “perdedor” de esas elecciones y una Asamblea donde se discute de todo pero se hace nada; ganar unas Primarias evidentemente para tener un candidato que tiene menos votos que el número de twitteros del Comandante; y que gracias a su liliputiense selección el mundo observó como las fichas buenas  del tablero le daban las gracias y felicitaban a un CNE que es ficha principal de los malos; un Plan República que también es ficha clave de los malos y unos observadores (Centro Carter) que ayudó como pocos a consolidar la victoria de los malos en aquellos tiempos cuando el tablero era menos lustroso ; unas Primarias que barrieron todo el polvo que pudo haber tapado las letras de oro escritas en el medio del tablero de juego,  letras con el nombre “democracia venezolana”; ahora un tablero donde las fichas buenas necesitan de la vida de todas las fichas malas para poderse mantener paradas sobre el tablero. 

Y los espectadores cada día más hechizados con el juego. Ahora la moda es decir que salirse del juego equivale a una guerra civil, según ellos no existe escapatoria al juego, la única salida es convertirse en ficha del tablero o largarse a otras latitudes, donde los países no sean de plástico y cartón y se pueda vivir en democracia y repudiar la esclavitud; en lugar de vivir en esclavitud y jugar a la democracia. 

Llegado este día de hoy, el juego está muy divertido para los jugadores, el tren corre a toda marcha circundando su destino; y el mundo, con CNN a la cabeza, aplaude rabioso la victoria de las fichas buenas.  

Mientras tanto, todavía existimos algunos espectadores que no nos divertimos nada con este juego y que sabemos muy bien que la vida es de carne y hueso, tiene sangre, conciencia y voluntad.  Y esos elementos tenemos que activarlos como nunca.  

Si queremos ser hombres y mujeres libres es hora  que comencemos a comportarnos activamente como seres reales, personas que respiramos y conocemos que los cuartos oscuros si existen, y no nos engañamos con lo que sucede dentro de los mismos, tapándonos la mirada en esa dirección para clavar la vista en el gran tablero. 

Venezuela todavía no es totalmente una “democracia venezolana”, pero está muy cerca de convertirse en eso, en un juego donde solamente las fichas sobre el tablero se divierten mientras tenga pilas el tren que transporta a sus jugadores a ninguna parte…porque ese tren al detenerse se detiene para siempre; y  llegado ese día los que ríen son pocos, solamente lo harán el dueño del tablero y sus socios. 

No tengo una varita mágica para resolver esta tragedia. Pero mientras me quede algo de voluntad, espero usarla para contribuir a prohibir que se siga aplaudiendo este juego…y mientras más espectadores se sumen a esta causa…creo que también las probabilidades de lograr el objetivo se incrementan. 

Nuestro objetivo es una democracia venezolana sin comillas…es decir….una Venezuela de verdad.

Y tú que me has leído, te pregunto: en este universo de verdades y mentiras ¿dónde te encuentras ubicado? 

¿Qué estás dispuesto a hacer? … 

¿Qué estás dispuesto a Ser?:

¿Amo y señor de tu destino (“Persona”); esclavo sin futuro (“Esclavo”) o ficha de plástico de un juego sin final (“Venezolano viviendo en democracia”)?

Solamente tú puedes responder esta pregunta...y trata de no hacerlo sobre el tablero de juego.


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