Juan Carlos Sosa / Venezuela, Colombia y Petróleo: Tatuaje del destino




Caracas 12/01/12



Venezuela y Colombia tienen inmensas ventajas comparativas y competitivas. Pocas naciones del mundo cuentan con tantas posibilidades de alcanzar destinos de progreso y felicidad como estas dos hermanas que comparten una historia tan nutrida de elementos singulares. 

Al leer a Gabriel García Márquez, la sonrisa es inevitable al percatarnos que mucha de la fantasía literaria que plasma en sus libros es nuestra pura realidad. 

Somos naciones donde asistir a una reunión social es conocer a un nuevo pariente, o alguien unido a nosotros a través de anécdotas pintorescas. 
Ambos países tenemos una población joven, moderna, con energía existencial y ganas de progresar en la vida. Compartimos tantos elementos comunes, que se hace difícil imaginar el cómo podríamos despreciar las oportunidades que esa comunión nos regala.
  
Aunque nuestro siglo XIX fue devastador e iniciamos el siglo XX como una nación deprimida y pobre, el petróleo hizo posible un giro acelerado hacia la modernidad. Durante décadas, Venezuela contó con gobiernos que hicieron posible un desarrollo pujante en casi todas las variables que constituyen una sociedad fuerte. Este desarrollo fue posible gracias a la explotación petrolera que arrancó industrialmente a partir de 1922. 

De 1928 hasta 1975, Venezuela gozó del crecimiento económico sostenido más alto del planeta. El régimen de concesiones que facilitó la inversión privada, rápidamente atrajo a las mejores empresas dentro de un entorno de competencia sana que transformó al país. Estas inversiones estaban enmarcadas en un esquema legal hábilmente concebido, que constituía un compendio de normas corporativas, tributarias y laborales que marcaron un hito en los escenarios internacionales y constituyeron precedentes ejemplares para los países petroleros occidentales, árabes y africanos. 

Venezuela llegó a ser el principal exportador de petróleo del globo, produciendo dentro de una concepción integral del negocio, donde todas las fases, desde la exploración hasta la venta al consumidor final, se llevaban a cabo con maestría. Surgieron nuevas ciudades, se interconectó al país con carreteras y autopistas modernas, nacieron centros de investigación; progresivamente Venezuela se hizo imán de aquellos que huían de dictaduras, guerras y miseria. 

Ya para los años setenta, Venezuela contaba con un sistema de educación robusto, hospitales públicos en buenas condiciones, museos, teatros y centros deportivos envidiables , todo esto fundamentado en una clase media profesional con estándares de vida comparables a los existentes en los países desarrollados, profesionales que gracias a las políticas públicas de incentivos a la educación, tuvieron la fortuna de especializarse en las mejores universidades, para luego regresar al país y conseguir empleos retadores y bien remunerados.  

La fórmula que permitió tanto progreso en Venezuela estaba constituida por una relación “Estado – Petróleo y Sociedad” donde cada variable tenía un peso específico, programado de acuerdo a su lógica naturaleza. 

El Estado administraba los recursos financieros que obtenía del trabajo de los individuos de la sociedad, trabajo que se apalancaba, en buena medida, por la demanda de bienes y servicios que producía el sector de los hidrocarburos  (conducido por empresas que cotizaban en los mercados de capitales) donde por cada dólar invertido en el PIB petrolero, se producían dos dólares en el PIB no petrolero.  

El Estado comenzó a sobredimensionarse a partir de la estatización del petróleo en 1975; la bendición del petróleo se convirtió en maldición. 

El sector privado de la economía se fue achicando, dándole paso a variopintas empresas estatales que monopolizaban las áreas más atractivas para la inversión de capital. Como consecuencia de esto, el Estado se desnaturalizó, transformándose en el mega - empresario de ambiciones infinitas.  

El sector privado también se desnaturalizó, teniendo necesariamente que contratar con el Estado para hacer prácticamente cualquier cosa; y el petróleo pasó a ser la fuente de todas las perversiones, caldo de cultivo del clientelismo y la corrupción.  Así se produjo la “Maldición de los Recursos” que incubó a la “Enfermedad Holandesa”, virus mortal que se filtró en la economía perturbando todas sus variables.  

El sector productivo venezolano  perdió competitividad, teniendo que ser subsidiado  por el Estado para poder mantenerse vivo. La moneda se sobrevaluó, promoviendo  la importación de casi todos los bienes de consumo. La deuda pública se incrementó a niveles exorbitantes. Se generó hiperinflación y eventualmente el peor de los escenarios: Estanflación, que implica inflación, recesión y desempleo.  

Ante todo esto, la sociedad venezolana se fue deteriorando en su estructura de valores, y progresivamente el descontento popular se fue haciendo insostenible. Esta crisis de valores eventualmente condujo a situaciones políticas catastróficas, perdiéndose la institucionalidad y la brújula del destino.  Así nace la tragedia venezolana.

Hoy, Venezuela padece la metástasis de una enfermedad que se gestó con la estatización del petróleo. Para sacarle el tumor, reparar la brújula del destino y conducir a la nación otra vez hacia el progreso, es prioritario reconsiderar la fórmula “Estado – Petróleo y Sociedad”, de manera que retomemos el camino que habíamos emprendido a partir de 1922 y nos sintonicemos con el mundo moderno, como una nación atractiva y fuerte. 

Por su parte, Colombia parece entender esta realidad y su rumbo es el correcto. Es afortunado que el sector petrolero colombiano esté siendo motorizado en buena medida con talento venezolano, evidencia  inobjetable de las acertadas políticas públicas y regulatorias del Estado colombiano.  La empresa Pacific Rubiales es emblemática de lo que  es posible cuando las cosas se hacen bien. 

Pese a sus heridas abiertas y recientes cicatrices, Colombia tiene en el presente su brújula bien orientada; por eso mismo es fundamental que sea alumna aplicada y se aprenda a la perfección las lecciones de la tragedia venezolana.  

Es esencial que los colombianos se vacunen contra “La Enfermedad Holandesa”, y la manera de hacerlo es manteniendo al Estado concentrado en los asuntos que tienen que ver con su identidad propia; y la explotación de sus vastos recursos naturales jamás deben ser una excepción a esta regla. 
El caso venezolano enseña que las llamadas empresas del Estado terminan siendo cuartos oscuros usados caprichosamente, fuente de todo tipo de corrupción.  

El petróleo, que en poco tiempo será un factor esencial de la economía colombiana, deberá mantenerse en el radio de acción de empresas privadas que coticen en los mercados de capitales. Al estar abiertas a los accionistas del mundo entero, tienen que rendir cuentas, ser profesionales en su gerencia, obligadas a cumplir metas cada vez más exigentes. Por eso estas empresas del sector privado son las verdaderas empresas públicas que motorizan a los países; mientras que las empresas del Estado, mal llamadas públicas, terminan siendo, en sus cortas vidas, las más privadas de todas, siendo como son  dominadas por la voluntad caprichosa de los burócratas o del “Ungido” de turno.

La moraleja de esta historia, es que al final los caminos se encontrarán.  En el futuro cercano, muchas de las empresas que hoy están floreciendo en Colombia, invertirán también en Venezuela, y veremos como lo mejor de los mundos confluirán en estos países hermanos. Como dijimos, el talento venezolano hace hoy de Colombia el laboratorio emblemático de esta premisa.

Las experiencias y recursos de nuestras naciones hermanas se concentrarán para ser las semillas del poderoso progreso que experimentaremos. Venezolanos y colombianos  podremos lograr exitosamente nuestras metas individuales, y lo haremos  hablando el mismo idioma, compartiendo historias, tatuados por el mismo destino.  




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