Luis Marin / EL CENSO DE CASTRO

Luis Marìn / EL CENSO DE CASTRO


27/07/2011

El Censo aparece en nuestra historia asociado con aquél decretado por Augusto Cesar y ejecutado por Herodes El Grande, de tan ingrata recordación. No es casualidad que haya sido inventado por los romanos durante la época de expansión del imperio, por lo que desde su origen se vincula con la exacción de impuestos, la expoliación y la rapiña de pueblos conquistados.
Reseñan los cronistas clásicos que funcionarios, llamados censores, alinderaban la tierra, contaban cada cosa, árbol, animal o ser humano, esclavo o libre, poniendo a hijos contra padres, mujeres contra esposos a confesar bajo tortura riquezas inexistentes, bienes imaginarios, más por rapacidad que por cumplir con las cuotas exigidas por la metrópolis.
El pueblo de la memoria debe tener muy presente el Censo que realizó Hitler en 1939, en que además de los bienes, profesión u oficio, incorporaba la raza, hasta la tercera generación, de donde surgió el Registro Judío, diseñado por cerebros matemáticos como Heydrich, e implementado por Himmler y Eichmann. La técnica estadística y los avances informáticos al servicio de la aniquilación.
Franco también tuvo su Censo, mediante la circular del 13 de mayo de 1941, en que ordenó a las gobernaciones civiles registrar a los judíos residentes en cada localidad, del que surgió el Archivo Judaico, con apenas seis mil almas. Asimismo, el Estatuto Judío de la Francia de Vichy, que incluía un Censo, fundó la base para la deportación de los judíos franceses.
Esta asociación no es arbitraria ni gratuita. En el Censo de Castro se introduce el tema de la raza así: Según sus rasgos físicos, ascendencia familiar, cultura y tradiciones, se considera: Negro, Afrodescendiente, Moreno, Blanco, Otra. ¿Cuál?
En relación con el negocio o empresa en que se trabaja se pregunta también si este trabajo es como empleado, obrero, empleador o patrono. Racismo y clasismo entrecruzados.
El análisis de estas preguntas da para un artículo aparte, pero consideremos sólo una cuestión: Si a criterio del régimen un ciudadano es un maldito burgués o judío, ¿estará éste obligado a responder preguntas que no le convienen a sus intereses vitales o que obviamente le perjudican?
Los censores: ¿Le leerán sus derechos a los encuestados? ¿Les dirán cosas como: Todo lo que diga puede ser utilizado en su contra; tiene usted derecho a guardar silencio; a consultar un abogado, etcétera?
La situación es fácil de describir, cualquiera la puede entender; pero es muy difícil de resolver en la práctica. El problema es que hay que mentir o evadirse de algún modo, con lo que el régimen logra otro propósito: poner fuera de la Ley a ciudadanos inocentes y honestos, cumplidores de sus obligaciones, siempre que estas sean racionales y sensatas.
Es el viejo proceso de volver parias, apátridas y traidores a ciudadanos que no han hecho absolutamente nada ilegal, sino que es la Ley la que se desplaza y son los funcionarios quienes maniobran para dejarlos afuera.
La historia ya conoce estas trampas, lo que no ha encontrado es una manera de salir de ellas, pacíficamente.

RESISTENCIA Y OBJECIÓN DE CONCIENCIA


Por supuesto que el problema es mucho más general y no debe circunscribirse a minorías no significativas estadísticamente como ricos “burgueses” o “judíos”, sea lo que sea que el régimen entienda por ellos, puesto que no han sido definidos claramente por los socialistas y comunistas en siglo y medio de persecución.
El problema es para cualquier persona que viva sola, con algún cuarto vacío en su casa o que tenga una apartamentico vacacional. Frente a un régimen que no reconoce la propiedad privada y no respeta los derechos ajenos, ¿en qué medida existe la obligación de decirle a un censor qué se tiene y bajo qué condiciones?
¿Cómo se defienden los ciudadanos inermes ante los censores; cuáles son sus recursos legales; cómo se enfrenta una maquinaria de depredación y expoliación apoyada por la violencia oficial?
Primero, el Censo es discriminatorio. Nadie puede ser lo suficientemente estúpido como para creer que se censará a todo el mundo y por igual, siendo que el Censo está enfocado en la vivienda, que es lo que más escasea en este país.
Por tanto, no se van a encaramar en el último cerro, ni van a explorar esas extrañas poblaciones que han crecido en la periferia de las principales ciudades y pueblos del país, plagadas de indocumentados, donde no entran ni las FARC, el ELN, tanto menos las FBL.
Van por el mango bajito, que son las poblaciones urbanizadas, que se encuentran legales y solventes, para cruzar esa información con la que ya tienen registrada de necesidades de su clientela, que otra cosa no es la llamada “Misión Vivienda”.
Segundo, el Censo es intimidatorio, busca sembrar miedo en la población. En el lenguaje del hampa es realmente infalible el efecto que causa la frase: “Yo sé quién eres tú, dónde vives, quiénes son tus hijos”. Y la gente común se estremece.
Es verdaderamente impactante cómo ciertos funcionarios reproducen el lenguaje del hampa a quienes llaman, con toda razón, “compañeros”. 




Por ejemplo, invaden una propiedad con una turba, apoyados por un piquete de la Guardia Nazional y luego declaran que “aquí no se está atropellando a nadie” porque los dueños “están cooperando”. Eso es exactamente lo que hace una banda de hampones cuando secuestra una familia: les piden que cooperen, para que nadie salga muerto o herido. Luego, nadie es atropellado, si coopera. De algún modo dejan intuir qué pasaría en caso contrario, esto es, si no se “coopera”.
Y aquí llegamos al punto crucial: El único camino que queda es “no cooperar”. Sea por la vía individual de la objeción de conciencia o por la más generalizada de la resistencia civil.
Ya está bueno de tanta habladera de paja sobre Gandhi, Luther King o Mandela, si no se asume en la práctica lo que ellos hicieron: resistir a leyes que consideraban injustas, asumiendo todas las consecuencias.
En Venezuela mucha gente se llena la boca con el supuesto pacifismo de estos personajes, pero de los dientes para afuera, porque ¿dónde están los actos prácticos de resistencia? Lo que está a la vista es el más repugnante servilismo, adulancia y colaboracionismo.
Al fin y al cabo, a Gandhi y Luther King los mataron y Mandela se caló 27 años en prisión, que se dice fácil, pero, ¿quién está dispuesto a nada semejante en la Venezuela actual?
Uno de los pocos que se ha sacrificado es Franklin Brito y lo hizo en la más espantosa soledad. Nadie movió un dedo cuándo se lo llevaron de la OEA y lo recluyeron en el Hospital Militar. Privado de libertad sin que hubiera cometido ni fuera acusado de ningún delito.
Está clarísimo que fue desalojado por solicitud de la OEA, cuyo representante en el país no hubiera actuado sin la venia de José Miguel Insulza, su Secretario General. Tan es así que durante su martirio, ni después de su muerte, la OEA no emitió ni la más mínima protesta, ni lo ha hecho nunca después.
Para la OEA, el señor Franklin Brito nunca existió, igual que no existen presos políticos, exiliados, secuestrados, ni perseguidos bajo régimen de presentación.

RESPONSABILIDAD BAJO LA DICTADURA


Nadie puede pedirle a otro que se inmole, que se sacrifique por él o por alguna causa; a menos que se caiga en una posición fundamentalista, que manda a los demás al martirio, mientras los jefes, que nunca se ponen un chaleco explosivo, les ofrecen el paraíso con setenta mil vírgenes.
La gente normal, común y corriente, esa que se ha dado en llamar, un poco despectivamente, “el venezolano de a pié”, sólo enfrenta dilemas morales cuando le tocan la puerta para preguntarle asuntos que sólo a ella le conciernen.
¿O es que el gobierno estuvo allí para preguntarle cuántas privaciones pasó usted para pagar la hipoteca, el colegio de sus hijos y las cuotas del carro? Ahora los nacionalsocialistas dicen que es injusto que usted tenga casa, hijos más o menos educados y un carro, mientras hay tantos militantes del PUSV que no tienen nada.
Y esta es la trampa ideológica socialista en que no hay que caer: usted tiene la culpa de que otros no tengan lo que usted tiene, por modestos que sean sus recursos (siempre se encontrará a alguien que tenga menos); por tanto, usted tiene que poner lo suyo para paliar el problema de ellos.
Dejemos a un lado por el momento la verdad de que no se está resolviendo el problema de nadie, sino satisfaciendo las demandas de la clientela política del régimen, no con bienes públicos, como se había hecho hasta ahora, sino con bienes privados, que es el gran aporte de la revolución.
Analicemos el argumento, que es el que pretende darle plausibilidad a la violencia nacionalsocialista: hay gente que tiene más, otros que tienen menos y eso es injusto. El problema es la desigualdad entre los seres humanos.
Incluso algunos politólogos bien intencionados siguen rumiando la monserga que opone la libertad a la igualdad, ignorando que quienes sacrifican la libertad en aras de la igualdad, se quedan sin ninguna de las dos.
Y es que deliberadamente los socialistas atienden sólo la desigualdad económica, ignorando cualquier otra, verbigracia, la igualdad política. No les preocupa lo más mínimo amasar todo el poder para ellos, mientras más omnímodo, mejor, y que los demás no tengan ningún poder.
Es el caso de Cuba, dónde no se escucha sino la voz del amo, ¿puede concebirse una desigualdad más abismal que la que existe entre la familia Castro y el resto de los cubanos? ¿A cuántos cubanos los visitan médicos venidos especialmente de España y tienen clínicas para ellos solos, a su exclusiva disposición?
Pero es que el argumento de la igualdad es un insulto a la inteligencia que, por cierto, es evidente que tampoco está igualitariamente distribuida, como no lo está la felicidad, la belleza, la estatura, la fuerza física, el éxito, el prestigio social, la simpatía, la facilidad de palabra, el poder de fuego y pare de contar.
Es mentira que se busque la igualdad o que ésta pueda lograrse en ningún sentido que se dé a la palabra. La única igualdad posible es la igualdad ante la Ley, si se traduce como que la Ley es la misma para todos.
La abolición de todo privilegio y la sumisión de todos al imperio de la Ley; pero, ¿no es el socialismo un sistema de privilegios abusivos de unos pocos burócratas, militares y policías contra una población civil descaradamente parasitada?
Aquí volvemos al punto de partida. La resistencia a la opresión es un derecho humano fundamental, antes que un derecho civil o político, por lo que ejercerlo está en manos de cada ser humano, antes que ciudadano o elector.
Sostenerlo firmemente es cuestión de conciencia individual, que es la única fortaleza que nos queda.


Luis Marín
01-08-11



Este extraordinario articulo genero un reportaje especial de la revista ZETA.







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