Luis Marín / II BANCARROTA DE LA II INTERNACIONAL


La terquedad de Trinidad Jiménez, secretaria de relaciones exteriores del PSOE, ahora canciller de España, en negar hasta la mera existencia de presos políticos en Venezuela, revela no solo la quiebra moral del socialismo internacional sino también su decadencia intelectual.

Ahora nos enteramos que el compromiso de España con los Derechos Humanos, lo que a Garzón le encanta llamar “jurisdicción universal” cuando se trata de la derecha, depende del lente con que los mire Amnistía Internacional y Human Right Watch, dos organizaciones declaradamente izquierdistas y antisemitas que tienen un larguísimo historial de mirar para un solo lado del espectro político.
Es un hecho incontrovertible que ante esta declaración no se han inmutado, no han hecho el menor pronunciamiento, ni rectificación, lo que además las deja muy mal paradas, puesto que se autodefinen como ONGs; pero ahora, a partir de esta declaración, se convierten en una especie de instancia que hay que agotar para lograr alguna consideración por parte de la cancillería española.
Esto constituye un viraje sorprendente respecto de la visión expresada por la anterior ministra de relaciones exteriores, Ana Palacio, quien había advertido que estas organizaciones no muestran ninguna atención al antisemitismo, ni lo incluyen entre las violaciones a los derechos humanos. Giro que ilustra el paso de la administración Zapatero de una política exterior de Estado a otra de partido.
El procedimiento Trinidad impone dirigir rogatorias a AI y HRW para ser inscritos en sus listas de “prisioneros de conciencia” y así comenzar a “existir” en el ámbito internacional y ser tomados en cuenta al menos por España. Este carácter constitutivo de la inscripción en AI y HRW es inédito en el mundo.
El problema es que para AI y HRW la juez María Lourdes Afiuni, Alejandro Peña Esclusa, los comisarios Iván Simonovis, Lázaro Forero, Henry Vivas y los seis policías metropolitanos, el general Felipe Rodríguez, el capitán Otto Gebauer y una larga lista en la que quizás haya que incluir a los tres recién electos diputados a la Asamblea Nacional, no califican como tales “presos políticos”.
HRW es harto conocida en Venezuela, en particular por el énfasis con que su director José Miguel Vivanco se refiere al “Golpe de Estado de abril de 2002” del que dice no tener ninguna duda y que condena enérgicamente; aunque en verdad todavía nos debe la explicación de cómo es que el desencadenante del “golpe” fue el general Lucas Rincón, después flamante embajador en Portugal y contumaz defensor del régimen “depuesto”.
Tampoco ha explicado Vivanco cómo es que Chávez se atribuye el mérito de esa gesta gloriosa que se ufana de haber provocado él mismo deliberadamente.
Ni cómo la responsabilidad política fue a recaer sobre humildes funcionarios, subordinados todos, pasando por debajo de alcaldes, jefes de otras policías, Guardia de Honor, Guardia Nacional, todas las demás fuerzas armadas, incluso paramilitares y parapoliciales, de las que no hay ni un solo preso. El golpe de Vivanco y Trinidad lo dieron nueve policías y un capitán; salvo sea Lucas Rincón.
HRW es la inventora de la doctrina según la cual en Venezuela se persigue a los medios “críticos” o de “oposición” al gobierno, visión que ha impuesto en el exterior y que han comprado gustosamente incluso voceros de estos medios en el interior, ocultando que en este país cualquiera que diga la verdad se convierte sólo por eso en opositor y crítico.
En Venezuela no hay ningún medio de oposición, esa es una mentira cotidiana; el problema es que quien muestre la realidad tal como se ve, que deje hablar a la gente tal como se oye de inmediato es etiquetado de opositor y agredido como tal.
Lo que se ha impuesto es la paranoia de Estado, importada de Cuba, que no admite ni siquiera el concepto de “información”, sino el de guerra psicológica, desinformación y propaganda, de acuerdo con la concepción militarista que nos abruma. La independencia de los medios no existe ni puede existir en este régimen, porque los reduce a instrumentos de su guerra mítica contra “el  imperio”.

AMNISTÍA INTERNACIONAL
AI tiene el mérito indiscutible de haber convertido a los presos de Guantánamo en los presos más importantes del mundo, ante los cuales se inclinan todas las cárceles de Venezuela, por no mencionar cualquier otra que haya en Cuba donde, como se sabe, tampoco existen presos políticos.
Los voceros de AI no dudan en calificar a Guantánamo como “el Gulag de nuestro siglo”, con lo que logran el doble propósito de disculpar el genocidio comunista atribuyéndole uno peor al imperialismo yanqui, con la pequeña salvedad de que estos serían unas centenas de mujahidines, que continúan vivos, en contraste con millones de familias inocentes expropiadas, deportadas y exterminadas por Stalin, en un plan de colectivización que produjo la hambruna más mortífera de la historia rusa. Una comparación sumamente humanitaria.
La moral de AI da como para conseguir indemnizaciones millonarias del gobierno británico para estas víctimas de la lucha contra el terrorismo, riéndose en las narices de miles de mujeres mutiladas en Afganistán, Irán y Nigeria por estos mismos mujahidines, fundamentalistas islámicos.
¿Por qué aunque sean los presos comunes venezolanos no pueden tener ni una fracción de la atención por parte de AI de la que les sobra a los de Guantánamo?
En cambio, por poner solo un ejemplo sin ninguna intención polémica, AI no tiene empacho en poner en su lista de presos de conciencia a Samir Kuntar, un militante de Hizbulá procesado y condenado en Israel por asesinar a culatazos a una niña de cuatro años y acribillar a su padre en un intento de secuestro, en que también murió su hermanito de dos años y la madre de ambos niños. Sólo lo sacarían de la lista una vez que fue canjeado por los cadáveres de dos soldados israelíes que habían sido secuestrados en el Líbano.
AI ha promovido en España una ruidosa campaña para que niños de escuelas primarias envíen cartas a las embajadas de Israel protestando por el conflicto del Medio Oriente con un claro sesgo antisemita, de la que el caso de la escuela de Castell de Almoines es sólo un ejemplo.
Algunas cartas publicadas tienen mensajes tan humanitarios como “Sr Embajador: ¿A cuántos niños palestinos habéis matado hoy?” O bien: “Debería comenzar a pensar en no asesinar niños palestinos”. Otra: “¡Iros a la porra con vuestro dinero!” Inocentes cartas exhortan a los judíos a abandonar Palestina y marcharse a otro lugar, no especificado, “donde sean aceptados”; aunque es presumible que ese lugar no sea España, de dónde fueron expulsados tan temprano como 1492, cuando apenas se estaba fundando el Reino.
Frank Johansson, jefe de la sección de AI Finlandia, ha ganado gran notoriedad este año por su calificación de Israel como “estado basura”; aunque la dirección de AI en Londres ha transmitido la tranquilizadora aclaratoria de que el calificativo utilizado por su agente (nilkkimaa), no significa lo que de manera inexacta se ha traducido al inglés como “scum state”, ni escoria o carroña, sino sólo “asqueroso”. Ante el interrogante de si algún otro país merece esta alta calificación de AI, no mencionan ninguno. La particularidad discriminante conferida a Israel es otra variante del antisemitismo moderno.
AI califica a Israel como el peor violador de derechos humanos en el medio oriente, a quien ha dedicado el mayor número de informes y condenas, con la probable excepción de Irán, lo cual no es muy alentador, considerando que en Israel no se lapidan mujeres, ni se cuelgan homosexuales y opositores políticos a discreción.

HUMAN RIGHT WATCH
Marc Garlasco se lleva la presea dorada en HRW. Asesor experto es cuestiones militares, redactor de encendidos informes (valga la expresión) sobre el uso de fósforo blanco en Gaza y otros crímenes de guerra israelíes, se destapó como un maniático coleccionista de parafernalias nazis.
Es muy perturbadora la excitación que dice le produce en la sangre el contacto con el cuero de las chaquetas nazis. Puede haber algo atávico en esto, porque su abuelo fue piloto de la Lufwaffe, lo que es motivo de su mayor orgullo y de alguna manera explica su gusto por las águilas, esvásticas y cruces de hierro.
Su identificación personal como “Flak 88”, a primera vista el nombre de un cañón antiaéreo nazi de 88 mm, en realidad encierra un criptograma conocido por los aficionados al tema, que llaman la octava letra, “HH”, que significa: “Heil Hitler”.
HRW condena a Israel a la par que a Hamas y Hezbolá, proponiendo que se les haga, a ambos bandos, un embargo de armas que para Israel incluye un boicot a sus exportaciones, sin distinguir que uno es un Estado soberano, con un régimen de derecho, legítimo y una sociedad abierta, reconocido por la ONU y la UE; mientras los otros son organizaciones terroristas, igualmente reconocidas como tales por la comunidad internacional.
Tanto AI como HRW han adoptado el convencionalismo de referirse siempre a los “territorios ocupados” de Palestina, con plena conciencia de que éste es un eufemismo aceptado por todos los extremistas palestinos como medidor de su radicalismo: ser “moderado” supone reducirlos a 1967, pero los ultra radicales los extienden a 1948; de manera que la lucha contra Israel sería de liberación contra ocupantes extranjeros, idéntico al proceso de descolonización del siglo pasado.
Esta posición consistente de AI y HRW hace plausible el plan de “borrar a Israel del mapa”, tan fervorosamente apoyado por el nacional e internacional socialismo.
La ideología que inspira a AI y HRW puede resumirse en muy pocos ingredientes (además de izquierdismo que apareja como la cola al perro el antiamericanismo y antisemitismo) que los une a movimientos antimundialistas o antiglobalización y los vuelve mimados de las cadenas de televisión identificadas con el color rojo, como la BBC de Londres, CNN y la española TVE.
Estos ingredientes son: multiculturalismo, que despierta la pasión por los pueblos oprimidos del tercer mundo y el odio contra los opresores, siempre que sean americanos e israelíes (los rusos, chinos, persas, brasileños no son imperialistas); ecologismo, que anima la defensa de la madre tierra y motiva el repudio de las potencias contaminantes del hogar común (léase EEUU, para no ser repetitivos); feminismo (excepto en los países islámicos, que están protegidos por su especificidad cultural); homosexualidad y lesbianismo, que parece ser un asunto gremial y la correlativa lucha contra el SIDA; por último, pero no menos, la reivindicación de lo diferente, del “otro”, de tipos raros o excéntricos, fenómenos, naturales o no, que exaltan lo monstruoso, el sadomasoquismo, que ofenda la sensibilidad común que ellos desdeñan como mediocre o “pequeñoburguesa”.
Como buenas hijas de Europa y EEUU, AI y HRW son epifenómenos del neo decadentismo occidental, institucionalización del auto odio y la culpa blanca, involuntarios flatos de la Segunda Bancarrota de la Segunda Internacional Socialista.
Que Dios los lleve a su Santa Gloria.

Luis Marín
24-11-10

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