Se trataría de dar una respuesta nueva a un problema viejo, el del papel de los intelectuales en la política. Tan lejos desde que Platón presentó la imagen del filósofo gobernante, a su concreción práctica en el despotismo ilustrado, pasando por la conclusión de Kant de que no solo no es posible que los filósofos gobiernen sino que ni siquiera es deseable, por el poder corruptor de la política, que destruiría la necesaria honestidad del conocimiento.
Lo que sí queda claro es que se debe dejar hablar a los pensadores, porque no debe privarse al pueblo, ni a los gobernantes, de las posibilidades del saber, del efecto purificador de la crítica.
A fines del siglo XIX y principios del XX hubo una súbita irrupción de intelectuales en la política, con la popularización de los llamados “manifiestos”, que más tarde se hicieron tanto más impactantes, no por su contenido, sino por la calidad de las firmas que los acompañaban, para terminar siendo directamente proporcionales la notoriedad de los firmantes con la esterilidad del contenido.
Los revolucionarios creyeron dar una respuesta satisfactoria al problema con el llamado “compromiso” de los intelectuales, que ellos entendieron como una suerte de entrega a la causa de la revolución social. Es comprensible que en el siglo XX no pocos intelectuales abrasaran la causa del comunismo, considerando que lo que tenían enfrente como competidor era el fascismo, incluyendo su variante nacional socialista o nazi.
No es para nada inútil recordar que todos estos movimientos eran igualmente revolucionarios, movilizadores, inspirados en una larga hilera de “anti” democráticos, liberales, parlamentarios, capitalistas, burgueses, pero sobre todo anticonformistas. Todos ellos prometían el paraíso en la tierra, la liberación de los trabajadores, igualdad y justicia social.
Puede decirse con toda propiedad que el siglo XX fue el siglo de las revoluciones promovidas consciente y deliberadamente por intelectuales. Por un lado, los que Gramsci hubiera llamado “intelectuales orgánicos”, afiliados al Partido Comunista, que era en sí mismo una suerte de intelectual dirigente de la “clase obrera”, aunque no hubiera ningún obrero entre ellos. Por el otro, la potencia disolvente del nihilismo y el irracionalismo, representado por los filósofos más emblemáticos del siglo XX y que sería largo mencionar sin dejar afuera algún nombre prominente.
Después del derrumbe del socialismo real, no queda para nada claro qué será lo que entienden los intelectuales revolucionarios por “compromiso” y menos cómo es posible que guarden silencio ante las manifiestas atrocidades de la revolución.
Es en este contexto que vuelve a plantearse la cuestión de si los intelectuales en el siglo XXI tienen algo que decir y si vale la pena que lo digan, cuál es su papel en el drama social, cuál su responsabilidad ante la comunidad que para algo los ha creado y de algún modo, mal que bien, los mantiene.
CRÍTICA. La respuesta más fácil que salta a la vista, es que los intelectuales deben cumplir una función de “crítica”, esto es, desmenuzar los hechos y las palabras que se les manifiestan, como a cualquier ciudadano, pero con ciertas herramientas especiales, que les permiten revelar ante el público sus significados, mejor que lo haría cualquier transeúnte que no tenga este oficio.
Aquí parece inevitable entrar en el terreno de las definiciones, que siempre son incómodas e insatisfactorias. El oficio del intelectual consiste en leer, escribir y articular discursos, cualquiera que sea la significación que quiera darse a estos términos. Sin caer en la hoy denostada división del trabajo en intelectual y manual, digamos que intelectuales son los que tienen esto por oficio o actividad de vida.
De allí que la primera crítica de los intelectuales sea a sí mismos. No estamos hablando de intelectuales como si fueran una clase o una casta particular, sino de gentes de oficio, profesores, investigadores, escritores, columnistas, divulgadores, creadores de conocimiento y de opinión.
Ni tampoco del universo, de todos, en absoluto. Nos limitamos a cierto tipo de intelectuales, no artistas y soñadores, sino a los que crean que deben cumplir una función política, de crítica frente al poder, aquellos cuya tarea tenga por finalidad desmontar el discurso oficial, revelar sus trucos, decir lo que no se considera políticamente conveniente y a veces lo que nadie quiere escuchar, en pocas palabras, se trata de “decir la verdad”, con sonoridad e inocencia, como en el cuento del rey que va desnudo.
La sociedad debería esperar de sus intelectuales claridad, que la ayude a entender la realidad, cosa que rara vez se cumple. No pocos intelectuales creen que su función es la evasión, ayudar al público a librarse de la dureza de la vida mediante la imaginación y la fantasía. Mucho peor son los que se ponen al servicio del poder para hacer digerible el lenguaje de la opresión y el control, a cambio de un cargo, un brillo siempre efímero, cuando no por los emolumentos asociados.
La función clarificadora es tanto más urgente en tiempos de oscuridad, cuando el discurso se transforma en propaganda, cuando la intimidación, la persecución y el amordazamiento están en el orden del día. Entonces el esfuerzo por comprender debe acompañarse con no poco valor para decir lo que es indispensable decir.
El Foro Siglo XXI parte de lo más básico, el individuo. Luego, será el mundo.
BOLIVARIANOS. Valga como ejemplo de uso vicioso del lenguaje la manía que se ha hecho general de bautizar instituciones y cosas como “bolivarianas”. Incluso estudiantes aguerridos incurren en la falacia de mentar la República como “bolivariana”, sin que aparezca un alma pedagógica que les explique que las repúblicas no tienen ideología, santos, aversiones, ni veneración por nadie.
Es una cruel ironía que sean precisamente los comunistas, que pretendían tener una concepción científica del mundo, quienes hayan incurrido más frecuentemente en la falacia de bautizar a las repúblicas como socialistas, soviéticas, populares, democráticas e incluso se llegó a hablar de una república negra del Congo u otras naciones africanas. Pero, ¿cómo puede ser “negra” una república?
Todos estos son atributos humanos y su traslación a la república es un vulgar antropomorfismo que se explica perfectamente por el tipo de lenguaje que se está utilizando, que implica salir del ámbito racional y lógico para entrar en otro de tipo mítico o mágico. Es el que permite decir que una espada está “viva” y peor, que “camina” por América Latina. Pero, ¿cómo puede caminar una espada?
Incluye fórmulas como llamar a un hombre “Padre de la Patria”, en el entendido de que la “Madre Patria” sería un reino, como España. Así denuncia un distinguido historiador un panfleto en que se afirma que Bolívar habría tenido una relación sexual con Venezuela en el campo de Carabobo y que de esa cópula se habría engendrado el ejército nacional. Esto parecería cosa de locos y en efecto, lo es.
En Venezuela la palabra “República” se ha utilizado para designar a una entidad político territorial, con el objeto de diferenciarla de las otras, que son los Estados y los Municipios; sin entrar en la peliaguda discusión de si el concepto incluye o no al sistema representativo, porque incluso bajo las peores tiranías militares nunca dejó de llamarse así, desde su fundación.
En días pasados unos ilustres concejales hicieron la propuesta de bautizar al Municipio Libertador como “bolivariano”, incluyendo el reto de vamos a ver quién se opone al nombre sagrado. No sabemos si alguien se opuso, pero el hecho es que ahora el municipio se llama Municipio Bolivariano Libertador. Con idéntico criterio la Asamblea Legislativa del Estado Bolívar podría decidir lo mismo, con lo que el Estado pasaría a llamarse Estado Bolivariano Bolívar.
El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía podría bautizarse como Aeropuerto Internacional Bolivariano Simón Bolívar, con la ventaja de que los turistas que arribaran a esta tierra de gracia podrían tener, desde el momento del anuncio, la excitante sensación de estar entrando en un insólito país mágico.
Y no se crea que nada de esto es exageración: si una República y un Municipio pueden ser “bolivarianos”, ¿por qué no podrían serlo un Estado y un Instituto Autónomo, que son todos personas jurídicas de derecho público?
En consecuencia, nos encontramos con mercados bolivarianos de buhoneros, con fábricas bolivarianas y hasta hemos visto carritos de perros calientes con su emblema bolivariano. El sarcasmo de la historia es que de la magna veneración se cae en la burda ridiculización.
Al fin y al cabo, quien da en el blanco es el más humilde vendedor ambulante, porque sin elucubraciones jurídicas ni políticas, usa ese nombre como lo que es, un emblema, un signo que permite conjurar oscuras amenazas. De hecho, actúa convencido de que si pone ese nombre en su kiosko estará protegido por igual de la policía y del hampa, que no se atreverán a molestarlo. Es un símbolo mágico, como un crucifijo, una estampita o ciertas palabras rituales.
La labor del intelectual no es negar que exista una dimensión mítica en el ser humano y en el lenguaje, sino poner cada cosa en su sitio. Sería extraño ir a una clínica, que le dieran allí un escapulario y le mandaran a repetir algunos rezos.
El gran avance del siglo XX, si tuvo alguno, fue reducir la administración pública a criterios racional-legales. Las empresas, sean públicas o privadas, se rigen por una racionalidad económica. La medicina se ha hecho científica, como casi todo lo que se enseña en las universidades. Las iglesias se han confinado a un ámbito propio, separadas del Estado.
Traer el lenguaje mítico a la política, invocar las pasiones más que la razón, volver al simbolismo desechando las ideas, es tanto como volver a la barbarie sobre las conquistas de la civilización. Es harto conocido que en el pasado, esta conducta ha tenido resultados desastrosos y sangrientos.
La labor urgente de los intelectuales es depurar el lenguaje, denunciar toda forma de superstición, donde quiera que se vea u oiga, corriendo los riesgos de desatar la ira de los aprendices de brujo.
El lenguaje es la materia prima y su producto más acabado. Hagamos uno que sea digno de ese nombre, que sirva para comunicar no aislar y segregar, para la libertad no la opresión, para poner los pies en la tierra no la cabeza en las nubes.
Al principio fue el verbo y el verbo es Dios.

Luis Marín
04-10-09

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