A todo el mundo le producen anonadamiento, consternación, las actuaciones de la Fiscal General; pero ni un solo comentarista o periodista (ni uno solo) recuerda que fue Teodoro Petkoff quien se enfrentó a las críticas contra su nombramiento diciendo que “no había que prejuzgar a la Fiscal”.
Esto no importaría tanto si no fuera porque automáticamente todos al unísono repitieron lo mismo, añadiendo que había que dejarla actuar, concederle el beneficio de la duda y todas esa cosas tan razonables que se dicen en condiciones normales, sobre gente normal; como si no hubiera actuado en la gestión incalificable de Isaías Rodríguez, como si su única credencial no fuera rememorar el apellido del prócer comunista Pedro Ortega Díaz.
Y hay que ver que ha actuado: desde recitarles sus derechos a los comisarios Vivas y Forero en las puertas de la embajada de El Salvador (que, en deshonor a su nombre, les negó el asilo), para luego no reconocerles ninguno, como no sea morir en prisión por delitos que se sacrificaron tratando de evitar; hasta esto último, de procesar a la familia completa de deudos del señor Franklin Brito, trocándolos de víctimas en victimarios de sí mismos.
Es una novedad completa en cuanto a calificación de delitos, que no se le había ocurrido ni a los jefes cubanos en el caso Zapata, pero que podrán ensayar en el caso Fariñas, eso de convertir en suicidas a quienes se les ocurra persistir en una huelga de hambre hasta sus últimas consecuencias y a sus deudos en instigadores del delito. Esto sí que es un record mundial para exhibir con orgullo en el foro penal universal como gran aporte jurídico de la revolución.
Lo que no sabemos, porque no lo ha dicho con claridad, es sí ya se podrá juzgar a la Fiscal General o si será que Petkoff todavía la tiene en período de prueba.

SEPTIEMBRE NEGRO.
Las llamadas elecciones del 26 no son el comienzo ni el fin de nada sino la continuación de lo mismo. Después de la “relegitimación democrática” del régimen, se volverá a acelerar la marcha de la revolución procediendo a confiscar, por ejemplo, las instalaciones de las empresas Polar, tal como después del fraude de 2006 procedieron a cerrar a RCTV y expoliar sus equipos.
Por cierto, que la conmovedora campaña de Polar evoca a la de RCTV y adolece del mismo error de juicio. A los venezolanos no tienen que convencernos de lo buenos que son, porque nosotros nunca hemos tenido problema con la Polar, como nunca lo tuvimos con RCTV, porque somos la misma gente.
El problema es con los cubanos comunistas. Son ellos los que quieren acabar con las empresas en Venezuela, como lo hicieron en Cuba. Así que vayan a convencer a los hermanos Castro, a ver quién puede. Con razón se ha dicho que comprender el problema es el primer paso para comenzar a resolverlo.
Volviendo a la oposición, es curioso que presente ahora como profecía unos resultados que antes consideraba como una infamia urdida por radicales golpistas: 40 curules contra 120 oficialistas, dejando 5 como margen de regateo. Pero aunque les dieran menos, igual cantarían victoria considerando que para quien está en cero cualquier cosa en ganancia o “agarrando aunque sea fallo”.
La oposición debería decirle a la gente que hay que caminar por la tabla porque esto es un barco tomado por piratas y no hay otra alternativa, igual nos van a matar a todos; abajo está el mar infestado de tiburones, pero con suerte quizás alguno sobreviva. No deberían pintar la tabla como si fuera el camino del paraíso y predicar que más allá están la libertad y la gloria.
Cierto que esto último aunque sea falso tiene mejor marketing, así como la consigna: “¡Vamos a ganar!”, que es lo que se ha dado en llamar “una mentira blanca”, por aquello de que, siempre citando a Petkoff: “Nadie se mete en una elección diciendo que va a perder”.
El pequeño problema es cómo se puede dirigir la conducta con base en mentiras. Eso no lo recomienda nadie en su sano juicio y no se trata de un moralismo pacato, como diría Lenin, sino de una cuestión práctica. Lo que nadie sensato haría en su vida privada, porque sabe que no le va a resultar, ¿por qué habría de hacerlo en la vida pública?
Ahora ya no se habla de Asamblea sino de Panacea, porque no se trata de un parlamento, en sentido constitucional, sino de un súper gobierno que se va a ocupar de todo lo humano y lo divino, desde el ornato público, hasta la seguridad ciudadana, pasando por la educación, salud, infraestructura, es decir, todo lo que es función de la Administración.
¿Cómo se puede clamar por la separación de poderes pero a la vez burlarse de ella proponiendo un régimen asambleístico, tipo Cuba, que es infinitamente más peligroso que el presidencialismo caudillista?
La oposición miente de todo corazón, con la íntima convicción de que hace lo que tiene que hacer, lo que no hay más remedio, pero que además es lo mejor que se puede hacer, incluso para el que resulta engañado, ese electorado timorato y servil cuya mayor preocupación es que no se descubra por quien votó realmente.
Y ya esto es una flagrante contradicción, porque por un lado se exalta a un “bravo pueblo”, genéticamente libertario, en pié de guerra para defender su voto y por el otro se le trata como si fuera un manojo de cobardes y estúpidos, encarnados en “Ramoncito”, ese eterno menor de edad con que Julio Borges se representa al venezolano común.
Es un hecho suficientemente comprobado que la mentira no puede ser un camino hacia alguna parte, como no sea a la perdición.

NOSOTROS, LOS INEXISTENTES.
El CNE se trajo a un supuesto funcionario dominicano para que declarara que el sistema electoral venezolano es el más avanzado del mundo, pero sobre todo que “nadie” lo ha cuestionado jamás.
Como la oposición hace mutis, en el entendido que cuestionar al CNE es lo mismo que promover la abstención, entonces se da por cierto lo que dice este otro testigo estrella, de presencia tan efímera en el país como Giovanni Vásquez o el inefable Chávez Abarca.
Lo verdaderamente grave es que la directiva del CNE ahora no se limita a no escuchar lo que clama al cielo, incluso a la mayoría del electorado que se retiró en masa de las elecciones para la Asamblea de 2005 después del fraude descomunal del referéndum revocatorio, convertido en confirmatorio por este organismo.
Desde que el profesor Baldomero Vásquez lo bautizó como Cosa Nostra Electoral, sería demasiado arduo mencionar la larga lista de académicos, técnicos e investigadores que han cuestionado el REP, a la empresa Smartmatic y sus máquinas de lotería Olivetti.
Igualmente arduo mencionar a todas las instituciones, sociedades civiles, ONGs, que han demandado ante el TSJ la realización de un acto tan trivial como que el CNE entregue los resultados de alguna elección y sólo han recibido insultos como respuestas.
Inútil volver sobre los triple-cedulados, el crecimiento del REP a partir del 2003 diez veces mayor que el observado en iguales períodos anteriores, la inversión de la pirámide poblacional del país en que ahora hay más adultos que menores de edad, con el agravante de que el número de registrados es superior al de la población apta para votar, más una población flotante que oscila entre tres y cinco millones de votantes virtuales, las migraciones no autorizadas, las modificaciones arbitrarias e interesadas de las circunscripciones electorales, el control de la CANTV por los cubanos que les garantiza la manipulación de la transmisión de datos, el plan república bajo las milicias y paremos de contar.
Lo realmente nuevo y extraordinario es que la directiva del CNE no sólo no escucha, descalifica e insulta, sino que ahora declara “inexistentes” a todos los que no comulgan con el proceso, del cual ellos son militantes obedientes y disciplinados.
Y este es un hecho que debe tomarse muy en serio, porque no es verdad que las del 26S vayan a ser las últimas elecciones a celebrarse en Venezuela, porque el CNE no va a desaparecer así nada más, siendo como es un dispositivo esencial para la dictadura.
Los politólogos han acuñado el término técnico “elecciones no competitivas” para designar a este tipo singular; porque en Cuba hay elecciones todos los días, lo que pasa es que las listas las elabora el Partido Comunista y sólo sus candidatos pueden ser electos. En Irán sólo los revolucionarios islámicos son candidatos y los ayatolas se reservan el derecho de vetar a quienes no les gustan. Los contrarrevolucionarios van al paredón o son colgados, respectivamente.
Las políticas de aniquilación siempre han seguido una secuencia que comienza con la “muerte social” (del burgués, del judío), la desaparición primero de la mente colectiva y luego de los espacios públicos, mediante la agresión verbal, física y las restricciones legales y administrativas contra los “enemigos del pueblo”.
Los verbos más conjugados por los nacionalsocialistas son “aislar” y “silenciar”, jamás responden un argumento porque eso es prestar tribuna al enemigo, prefieren ignorar al detractor, segregarlo y echarlo al olvido.
Las clases “moribundas”, destinadas a desaparecer, como decía Stalin, primero son borradas de la conciencia, del derecho y luego de hecho, de la vida. Es el reino de la muerte, que va adherido al socialismo como parte inseparable de su propia esencia.
En los cuarteles de Venezuela, los soldados comienzan su mañana gritando: “¡Patria, socialismo o muerte!” ¿Se habrán dado cuenta de que eligieron ser las fuerzas de la muerte?
Dicen Las Escrituras (pero sólo Dios es grande y todopoderoso), que El es la verdad y la vida.
¿Podrá un país fundarse en la mentira y la muerte?

Luis Marín
05-09-10

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