La singularidad del fenómeno comienza con su propio nombre, en el que se combinan los de recientes archienemigos de los EEUU, con una pequeña aliteración, Osama Bin Laden y Sadam Hussein. Barack significa “santo”.
Esa sola circunstancia hubiera bastado para descartarlo como candidato en tiempos normales; pero no resulta así en estos tiempos post modernistas, en que la incongruencia parece ejercer una fascinante alucinación en las masas.

Hijo de madre soltera, una mujer blanca que sentía una poco convencional inclinación hacia los negros, además musulmanes, comienza una aventura en Hawai con confusos rebotes en Jakarta, por los años sesenta, lo que no hace sorprendente que estuviera aderezada con el consumo de marihuana y “algún soplo de cocaína”, según la biografía oficial del nuevo Presidente.
Itinerarios como éste, según los hacedores de chistes de Hollywood, dan muchos votos en California; la novedad es que lo haga también en el resto de EEUU y el mundo.
Por donde se mire no hay nada heroico, descollante o de algún modo extraordinario en la “vida y obra” de BHO que justifique o explique el clamor universal desatado a su alrededor, como no sea la meteórica trayectoria en sí misma, su insólita audacia y precisamente, su carácter incomprensible.
Esto pone sobre aviso ante algo que suena artificial, una suerte de impostura, de fabricación interesada, de lo que se ha dado en llamar “fenómeno mediático” en el sentido de cosa aparente e insustancial, de fachada de poderes ocultos.
Lo primero que salta a la vista es lo de “un negro que no es negro”, es decir, hijo de mujer blanca; pero además, venido de Hawai, por lo que no puede tener nada que ver con la lucha por los derechos civiles del sur de los Estados Unidos. Toda su carrera discurre en Illinois, así que tampoco es posible vincular a un barrista de Chicago con las plantaciones del sur o con algo que huela a río Mississippi.
Aquí se hizo una manipulación completamente oportunista de los hechos, de manera de emparentarlo con Martin Luther King y un sustrato político social con tradición de luchas que se remontan a la guerra civil americana, que le son completamente ajenas, porque sus raíces son musulmanas y católicas, no ciertamente abolicionistas y luteranas.
Su Iglesia, la Trinity United Church de Chicago, gano una repentina notoriedad cuando los sermones de su pastor, Jeremiah Wright, quien oficio el matrimonio de Obama y bautizó a sus dos hijas, salieron a la luz pública.
Para sorpresa de algunos, el pastor justificó los ataques del 11 de septiembre de 2001 como una comprensible respuesta islámica contra los crímenes que los EEUU perpetran por todo el mundo, por lo que no tendrían de qué quejarse.
Igualmente propuso cambiar el “God bless America” por un más apropiado “Dios maldiga a América”, por la forma en que trata a los ciudadanos de color.
Lo curioso es que las alarmas se callaran apenas Obama lo retiró como asesor para asuntos religiosos, lo que permitió olvidar que ese señor ha ejercido como su guía espiritual durante los últimos veinte años. ¿Algo de sus prejuicios habrá calado en la mentalidad del joven pupilo?
Bien le había advertido lo que significa luchar en una sociedad dominada por “gente blanca y rica”, como Hilary Clinton, que “nunca sabrá lo que es que la llamen negra, ni comprenderá lo que es ser tratada como no-gente”.
Aunque obviamente Obama tendría sus propios motivos para separarlo de su campaña, para variar, el reverendo Wright acusa a los judíos de haber intrigado para separarlo de su entorno, para que nadie le diga la verdad, ni lo prevenga del carácter racista del Sionismo, de cómo practica la limpieza étnica contra los palestinos, lo que es un pecado y crimen contra la humanidad, en su opinión, cometido habitualmente por Israel.
ROJO Y NEGRO. No podía sino llamar la atención que su esposa Michelle se vistiera con un vestido desafiante, combinada con una hijita vestida de rojo y otra de negro, todas ataviadas para la asunción de Obama, de tal manera que era imposible que no se notaran los colores, incluso para quienes no se interesan por la moda sino por el análisis, la historia o la filosofía política.
Pero de inmediato corrieron a premiarla como “la mujer más elegante del mundo”, en un nada elegante exceso de adulancia; sólo para dejar a un lado toda discusión sobre el significado que estos gestos pudieran tener.
Seguramente que los izquierdistas no dejaron de advertir una criptica señal desde la Casa Blanca, donde nada se hace sin algún propósito, como cuando un atleta negro norteamericano levantó el puño en alto en una premiación olímpica. Nadie puede dejar pasar el mensaje, si es tan obvio, salvo que se tenga un firme interés en ignorarlo.
Veamos, el rojinegro son colores que identifican al anarcosindicalismo, por una suerte de sumatoria histórica: el rojo era la bandera del movimiento obrero, el negro la bandera de la anarquía, movimientos divergentes y a veces opuestos.
Lo que ocurrió es que los comunistas, como es habitual en su proceder, les confiscaron la bandera roja a los sindicalistas para hacerse los representantes únicos del movimiento obrero (aunque no hubiera obreros entre ellos).
Asimismo, aniquilaron a los anarquistas luego del triunfo de la revolución bolchevique, de lo que resultó un movimiento sin bandera y una bandera sin movimiento.
No es casual que Castro haya adoptado estos colores para su movimiento 26 de julio, ni que esos sean también los colores del Frente Sandinista de Daniel Ortega en Nicaragua y del FMLN de Mauricio Funes en El Salvador.
CNN los ha adoptado para sus transmisiones desde Centroamérica, añadiendo a su habitual color rojo de pantalla un cintillo negro al pie, para ponerse a tono con su línea editorial. También es el color de la BBC de Londres y, algo desteñido todavía, de la Televisión Española, que sigue la misma tendencia.
Quizás sea el hecho más irónico del siglo XXI que el derrumbe de la URSS no haya implicado la desaparición del comunismo, sino todo lo contrario, que haya marcado la pauta de su sorprendente renacimiento.
Ahora más que ayer, las tendencias colectivistas y totalitarias han despuntado con inusitada agresividad, teniendo como punta de lanza, no a la Gran Bretaña, como podía esperarse, sino a los Estados Unidos de Norteamérica.
Es urgente prestar atención a las denuncias de columnistas a quienes se ha tratado de silenciar, como Hugo Byrne, sobre el inquietante proceder de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) que pretende controlar las comunicaciones privadas, incluso de Internet, así como su guerra no encubierta contra la cadena FOX.
También se ha denunciado el estilo de gobierno de Obama, que consiste en nombrar “Zares” para cada asunto puntual que le resulte de interés, que ya suman decenas y son funcionarios no electos, no sometidos al escrutinio del público, con unos presupuestos astronómicos y poderes discrecionales para hacer lo que les venga en gana en las materias de su competencia, que nunca han sido legalmente bien definidas.
Incluso hay un Zar designado para el asunto Guantánamo, que no sólo tiene como función cerrar el centro de reclusión, sino encontrarle un destino confortable a los presos que allí se encuentran de tránsito.
Para la administración Obama la única cárcel que hay en Cuba y que merece alguna atención es Guantánamo, las demás no existen o no merecen ninguna atención, lo que resulta profundamente inhumano e inmoral, sobre todo considerando quienes y porqué están presos en la base y quienes y porqué están presos en el resto de la isla.
La paradoja de Guantánamo es típica de la lucha antiterrorista. Los prisioneros que han ido a Europa, no solo han sido liberados, sino que ahora se han convertido en acusadores de EEUU, con fuerte apoyo de la izquierda mundial.
La paradoja consiste en que ni siquiera el mismísimo Bin Laden, si fuera capturado, podría ser enjuiciado ni condenado en EEUU. Primero, porque contaría con el servicio de abogados como Gregory Craig, que harían delicias demostrando que no ha cometido ningún delito en los EEUU, que ni siquiera ha pisado su territorio, que su arresto sería ilegal, ejecutado por funcionarios incompetentes, sin orden judicial y sin que se le leyeran sus derechos.
El problema, que ya se vio en el caso de Eichmann en Jerusalén, es que resulta más fácil enjuiciar a un sujeto que mate a una persona, que a otro que mate a un millón. Y esto es lógico, porque el sistema judicial no está hecho para crímenes masivos a escala global, sino para casos “normales”, todo el sistema de pruebas y establecimiento de responsabilidad es personal; pero nadie puede matar a millones de personas solo, necesitaría una vasta organización en la que la responsabilidad se diluye y que crea una distancia entre el autor y las víctimas que es exponencial al número de ellas.
El chofer de Osama dice que él no puede ser condenado porque ser chofer de alguien no es delito. Y tiene un punto de razón. La cuestión es si se puede ser chofer de ese alguien sin gozar de su confianza, sin compartir sus metas, sin colaborar con sus crímenes. Habría que enjuiciar a la organización como un todo y no sólo eso. Los mensajes, órdenes y amenazas de Bin Laden se transmiten por una red de emisoras legal, Al Yasira, y de allí retransmitidos por CNN, BBC y TVE, en ejercicio de la libertad de expresión. ¿Quién podría acusar a alguien de algo?
Establecer una conexión entre el atentado de Atocha, en Madrid, por el que Zapatero ganó las elecciones en 2004, un ataque a buques americanos en Yemen y la voladura de una sinagoga en Estambul es imposible y todos tienen los mismos responsables invisibles.
Criticar la lucha antiterrorista es facilísimo, lo difícil es llevarla a cabo con éxito, con métodos convencionales, sin medidas excepcionales y éste es un fracaso ya cantado para la administración Obama.
NOBEL. Cómo será la política exterior de Obama, que los suecos le dieron el premio Nobel. Honor que ahora tendrá que compartir con Jimmy Carter y Yasser Arafat, fanáticos antisemitas. En el plano latinoamericano le acompañan Oscar Arias, Rigoberta Manchú, Adolfo Pérez Esquivel y Gabriel García Márquez, convictos y confesos agentes de Fidel Castro.
No existe ni una sola persona en toda América que no se haya dado cuenta de que las negociaciones de paz de los años 80 que le valieron el premio Nobel a Oscar Arias salvaron a la guerrilla de una derrota militar ya consumada y las condujeron al poder “por la vía electoral”. Tampoco hay quien no sepa que el proceso fue financiado con dinero de la socialdemocracia alemana y sueca, que no solo sirvió para promover el desarrollo y la asistencia social, sino para sobornar a los militares (que, como dicen los maestros americanos, no aguantan un cañonazo de un millón de dólares) para que se plegaran a los acuerdos firmados por Arias.
Todas las campañas televisivas no bastan para ocultar los hechos que se resumen en que OA es un político corrupto e inescrupuloso que sirve a los dictados del socialismo internacional, que para estos efectos no se diferencia en nada del comunismo internacional, antes con sede en Moscú y hoy con sede en La Habana.
La entrega que ha hecho la administración Obama al comunismo internacional de un país tan pequeño y poco significativo, en su opinión, como Honduras, remeda a la que hizo Gran Bretaña de Checoslovaquia a la voracidad de Hitler, que no condujo a saciar a la bestia, sino a envalentonarla todavía más.
BHO y los radicales que lo acompañan están pulsando de forma deliberada unos resortes atávicos no sólo de la sociedad americana sino tal vez de toda la humanidad, con la finalidad, un tanto pretenciosa, de sentar un hito en la historia universal, como sus ídolos, Napoleón, Lenin o Mao Tse Dong.
Uno, es la amenaza comunista, con su contrapartida anticomunista, que se expresa en la promoción de la lucha de clases como táctica política movilizadora, que la ha dado muy buenos resultados en su campaña electoral, con el añadido de la lucha de razas, como una pugna histórica de oprimidos contra opresores. No en balde inició su campaña bajo la estatua de Lincoln, donde dio su discurso “Casa dividida”, que fue el preludio de la guerra civil.
El otro, es el miedo religioso al apocalipsis, al fin de los tiempos, que siempre se ha asociado con el comienzo de un nuevo milenio. Esto tiene que ver con la profecía que se manipula abiertamente del advenimiento del Anticristo, un personaje carismático, de misterioso poder hipnótico sobre las masas, que lo siguen de una manera fanática e incomprensible.
BHO calza perfectamente con este personaje, tal como lo presenta la cadena televisiva National Geographic, pero también con los miedos ocultos de una sociedad religiosa profundamente perturbada por las amenazas de la crisis.
Los dos ingredientes son harto explosivos por separado. Juntos, es algo a la medida de un milenio que quiera superar los horrores de todos los anteriores.

Luis Marín
31-10-09

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